Este cuento habla de lo que tristemente en ocasiones, es el último recurso en los planes del ser humano: la muerte autoinfringida, más conocida como "suicidio". Paradójicamente, el mensaje entre-líneas que entrega esta historia, es positivo y nos invita a tomar el control de nuestras vidas, a ejercer justa soberanía sobre nuestro futuro.
Como consejo para la lectura, pongan atención a las voces narrativas.
Aprovecho de aclarar, que lo que escribo es ficción pura y no tiene ninguna relación con la realidad.
Miró por última vez hacia atrás, como si buscara, como si esperara que alguien apareciera corriendo y que en infinito desasosiego le pidiese que por favor no saltara, por que él era importante en este mundo, que él era fundamental en su vida, que por favor no saltara. Nadie apareció, hecho que lo motivó aún más a concretar sus planes suicidas. Puso su pie izquierdo sobre el borde del balcón, luego su pie derecho y miró hacia abajo. Todo se veía tan distinto desde un piso veintiséis, las personas eran ínfimas, los problemas, insignificantes.
¿Cómo se verían desde un piso treinta y nueve, o desde un piso ochocientos cuarenta y tres? Seguramente las personas se verían aún más pequeñas o simplemente no se distinguirían entre el cemento y los fierros de la calle. Pero desde ahí, en el balcón del piso veintiséis, toda mi vida y mis problemas se apreciaban en toda su magnitud. Esto me agobia. Quizás, cuando mi cuerpo golpee inerte la acera, mis problemas desaparecerán y yo seré como una de esas ínfimas personas, una anécdota de la calle, un número que borrar del registro civil.
Qué extraño espectáculo protagonizaría aquella tarde. No pasaría desapercibido por ningún peatón. Quizás, aquel vuelo estrepitoso podría acabar con la vida de otra persona, o talvez, destrozar el parabrisas de un auto perdido en el tiempo y el espacio. De todas maneras, alimentaría el morbo de cientos de transeúntes curiosos, y podría causar algún atoramiento vehicular. Sería mencionado en un impersonal reporte noticiario, como un olvidable nombre entre tantos otros jóvenes cobardes que acabaron con su vida durante el primer trimestre del año dos mil y algo. Eso, si es que aquel día, los canales de televisión se encontraran escuálidos de hechos noticiosos más interesantes que el suicidio de un anónimo. De lo contrario, sólo sería recordado por quienes presenciaran su caída, o su cuerpo desfigurado en la calle rodeado por personas ociosas, o en el mejor de los casos, sería recordado por todos los que lo vieron cubierto de una fría manta naranja. No, así no podrían verle la cara.
Realmente no me importa no haber logrado nada en esta vida, realmente no me importa ser un mal ejemplo para cientos de personas infelices que planean suicidarse. Que ellos salten. Nos veremos en el infierno. Les juro que no me importa ensuciar con vísceras el pavimento o asustar a los niños y señoras sensibles que no se deleiten al ver mi destrozada columna vertebral. Lo único que lamento es causar dolor a mi familia, quienes fueron los únicos en tener fe en mí, quienes creyeron ilusamente que yo podría cambiar el mundo. Supongo que no merecen esto, pero es un costo que debo pagar. Tal vez si saltara desde unos cuantos pisos más abajo, mi cuerpo no sería destrozado en forma tan brutal. Así mis hermanas pequeñas no tendrán pesadillas por las noches, y así los chicos de la funeraria podrán reconstruir mi cuerpo lo suficiente para verme presentable en el cajón. Siempre me gustó verme bien.
Bajó por las escaleras del edificio hasta el piso catorce. Tocó la puerta de un departamento y pidió permiso. Se sorprendió al ver la bella decoración de aquel inmueble, y se detuvo algunos segundos a apreciar una que otra pintura colgada en las paredes de aquel departamento. Le habría gustado dejar algo bello en este mundo, o simplemente algo que expresara su sentir. Algo tangible. Tomó un lápiz y un cuaderno que estaban sobre una mesa y dibujó a una persona saltando desde el piso catorce de un edificio. El dibujo era horrible. Se sintió inútil, se convenció de que jamás habría sido un buen artista y se dirigió hacia el balcón. Había dos niños jugando con un teatro de títeres. Se veían muy entusiasmados. Los observó detenidamente, prestando especial atención en los fabulosos diálogos que aquellos pequeños personajes de género entablaban. Hablaban de fútbol, de política, de la navidad y de sus vecinos. Mencionaron a aquel simpático joven que vivía en el piso veintiséis, que una vez, hace mucho tiempo, les había prometido que cuando pudiera manejar los llevaría al estadio. Se preguntaban si ya habría transcurrido suficiente tiempo como para que él pudiera haber conseguido un auto. Jamás pusieron en duda su promesa.
No puedo saltar acá, yo conozco a estos chicos, varias veces hemos jugado en los jardines del edificio. No soy quién para arruinarles una tarde de juegos con mis caprichos. Ellos no tienen idea de lo que les espera en esta vida, de que apenas crezcan un par de centímetros de más y las niñas dejen de ser simples enemigas, serán apuñalados por la espalda mil veces. Tampoco tienen porqué saberlo a esa edad. Que sigan jugando, ojalá puedan hacer algo más que yo. Mejor me voy a otro piso, donde pueda estar sólo.
Al disponerse a salir de aquel lugar, escuchó a uno de los jóvenes titiriteros que le preguntaba si ya había conseguido un auto para poder llevarlos al estadio. Desconcertado, le dije que sí, que la próxima vez que jugara su equipo favorito lo llevaría al estadio.
Bajó varios pisos más, tocó varias puertas, y ni siquiera se sorprendió ante la permanente negativa de quienes escuchaban los propósitos de su repentina visita. Finalmente, en el piso ocho le abrieron la puerta. Una despampanante joven le ofreció entrar y la gentileza de ofrecerle algo para tomar, solo ayudó a paralizarlo un poco más.
Nunca había visto tanta belleza reunida en una sola persona. Y esos ojos… Mi corazón se detuvo. Pareciera que ya estuviera muerto, que ya salté del piso ocho y que ya soy parte de un deslustrado pasado. No puedo entender cómo no la vi antes. Un par de meses visitándola por las tardes y el amor brotaría solo. Otra ironía más de esta puta vida. Otra burla del destino. Han sido tantas que ya no me importa, perdí la cuenta. Quisiera conocer al escritor borracho que entrega línea tras línea a esta historia, ese que transformó mi vida en un drama, en un enredo tortuoso. Ese que le puso candado a mi felicidad y tiró la llave al mar. Arreglaremos cuentas. Bueno, pretendo verlo pronto.
Ella no parecía entender el complicado proceso que daba lugar en la mente y el corazón de su desafortunado huésped, y le preguntó secamente si iba a dignarse a pasar. Él entró en desesperación. Se sentía un cobarde. Toda su vida había sido un cobarde. Nunca había luchado por lo que le importaba, siempre se contentó en la mediocridad de ver cómo el agua se escapaba de entre sus manos, mirar cómo la vida se destruye si uno la abandona. Se dio cuenta que el bastardo que había alterado los guiones de su historia era, sin lugar a dudas, él mismo. No le respondió y salió corriendo. No sé cuantos pisos subió, pero estoy seguro que finalmente acabó bastante más abajo que el piso octavo. Lo vi tropezar incontables veces. Se paraba y seguía corriendo. Se daba cuenta que nuevamente estaba desistiendo de sus propósitos. Nunca concretaba nada. Sus planes eran un chiste que no sacaba risas. Mis planes eran chistes que no sacaban risas. No puedo ser así de mediocre. Pensó que al menos, el suicidio era un escape digno. Nunca le declaré mi amor a nadie, nunca luchó por cambiar esas injusticias de las que tanto hablaba. No tenía la menor idea del piso en el que se encontraba, lo único que noté es que las personas de la calle se veían bastante cerca. Él podía ver claramente sus ropas, su estilo al caminar, incluso divisé sus preocupaciones y problemas. Todo se veía suficientemente grande. Encontré una ventana que daba a las escaleras del edificio, la rompió con violencia, y sin pensarlo mucho me paré sobre el marco y miró al cielo. Miré al cielo y saltó sin pensar. Al fin había echo algo que valiera la pena. Por fin se había atrevió a saltar. No, me había, se había, saltamos. Nos habíamos suicidé al fin, cuando apareció ella corriendo desde el edificio e insistió terca en curarme los rasmillones.
martes, 26 de junio de 2007
jueves, 21 de junio de 2007
Caminata rutinaria.
En este cuento sigo profundizando en lo que ha sido mi tema trascendental este último tiempo: los dramas humanos.
Caminaba apurado, si bien no existía alguna razón para ello. Estaba cansado, había sido un día eterno en el trabajo, y el solo hecho de recordar que hoy era lunes le dio náuseas. Sólo esperaba llegar pronto a su casa, aunque realmente en su casa la situación no mejorara. De pronto se sintió agobiado, le costaba respirar. Se soltó el nudo de la corbata. Cerró los ojos.
Se detuvo un momento, respiró profundo y miró a su alrededor. Los mismos edificios que lo habían acompañado en todas esas caminatas durante años, hoy se veían distintos. Los vidrios más limpios, quizás la gente en su interior llevaba vidas más tranquilas. Buscaba una explicación para esta imprevista metamorfosis de su mundo. ¿O tal vez algo en él había cambiado? Seguía igual de flaco, pero su pelo quizás estaba un poco más sucio que ayer. Nada más. No era algo tan importante, simplemente iba caminando rumbo a su casa luego de un arduo día de estudios, cuando notó que una nueva luminosidad se apoderaba de los tristes y opacos edificios de aquel barrio. Decidió reemprender la marcha cuando sintió que sus pies caminaban ahora un poco más ligeros. Qué extraño, se dijo. Recordaba haber llevado una mochila. Se detuvo bruscamente, asustado. ¿A dónde se había ido su mochila? Miró fugazmente por sobre cada uno de sus hombros, iluso. No estaba. Maldijo algunos segundos, y siguió caminando. De todos modos, ¿qué llevaba en aquella mochila? ¿Acaso algo de valor? No lo recordaba. De hecho, no recordaba desde cuando había cargado aquella mochila. No debe haber tenido nada importante, sino lo recordaría. Se sorprendió de la ligereza de su andar. Al pasar enfrente de unas vitrinas, miró su reflejo en ellas y nuevamente se sintió sorprendido. El mismo resplandor que algunas cuadras atrás lo había hecho detenerse y mirar los edificios, ahora se proyectaba sobre su imagen. Se veía bien. Cada rasgo de su cara se dibujaba con mayor determinación, su ropa combinaba mejor que en aquella mañana, cuando el apuro le había impedido poner mucho cuidado en elegir qué ponerse. Siguió caminando. Todo el mundo parecía sonreírle. Un auto que iba por la calle contigua a su caminar, disminuyó su velocidad casi hasta detenerse, bajó los vidrios, y de su interior una preciosa niña le gritó un piropo. No pudo evitar sonrojarse. No estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. Ya faltaban pocas cuadras para llegar a su casa, cuando de pronto la vio a ella en la vereda contraria. Como siempre, su corazón pareció dejar de latir por algunos instantes y sintió que la sangre abandonaba su cuerpo. Tanto era lo que sentía por ella. Con sólo imaginarse juntos, todas las preocupaciones de su vida perdían relevancia. Estaba junto a ella y nada más importaba. Estaba junto a ella y podía acariciar su mano suavemente. Estaba junto a ella y sabía que lo único que necesitaba para ser feliz, estaba ahí, caminando a su lado. Aterrizó bruscamente. Cuanto amaba soñar, y dejarse envolver por lo que su mente y corazón, en un magnífico trabajo conjunto, le ofrecían. Hacerse sueño. Sintió su paso un poco más ligero. Ahora venía la parte triste: él sabía que esto era posible sólo en sus sueños. Qué injusto, su felicidad pertenecía al etéreo mundo de los sueños y la imaginación. Pero a diferencia del resto de las tantas veces que la había visto, en las que repetía indefinidamente la hermosa imagen de ir caminando tomado de su mano, y en las que muy rápido chocaba con la realidad, esta vez, algo le hacía pensar que la felicidad sí era posible. Tenerla a ella sí era posible. Darle un beso y mirarla a los ojos era cuestión de querer hacerlo con suficiente fuerza. Algo en su corazón lo animaba a intentarlo. El sueño esta vez se hizo presente con más intensidad que nunca. Su camino cruzaba el de ella y el destino era uno solo: la felicidad. Un tibio licor recorrió de arriba abajo sus entrañas, hasta llegar a la punta de sus dedos. Lo sentía gotear. Escuchaba el eco de su esperanza gotear...Ella estaba ahí, más presente que nunca, y su carita, el hermoso carruaje de las dos estrellas más brillantes del firmamento. Su pelo que definía sublimes melodías que el viento, coqueto, trataba de seguir. Sus labios amando mis labios. Mi piel jugaba y su piel reía. Su vida en mi vida. Una sola historia... Rápidamente cruzó la calle, y cambió su rumbo. Caminó con decisión por la vereda para alcanzarla, decirle cuanto la amaba, y fundirse en éxtasis hasta desaparecer. Algo en el aire le prometía el éxito. Algo en su reflejo le auguraba aquella anhelada satisfacción. La divisó a lo lejos. Ligero, esquivó a cuanto peatón distraído cortaba su paso. Ligero. Sus pies nunca habían caminado tan aprisa. La infinita separación parecía caer rendida ante su caminar seguro. Su corazón nunca había latido con tal violencia. Se encontraba ya a pocos metros. Su mirada jamás había buscado con tanta fuerza esos ojos. Frente a frente. Su lengua nunca había expresado con tanta gracia las verdades del corazón…
Se repuso de aquel desvanecimiento. En las últimas cuadras hasta su casa, su corazón albergó la triste certeza de que nunca nada cambiaría.
Caminaba apurado, si bien no existía alguna razón para ello. Estaba cansado, había sido un día eterno en el trabajo, y el solo hecho de recordar que hoy era lunes le dio náuseas. Sólo esperaba llegar pronto a su casa, aunque realmente en su casa la situación no mejorara. De pronto se sintió agobiado, le costaba respirar. Se soltó el nudo de la corbata. Cerró los ojos.
Se detuvo un momento, respiró profundo y miró a su alrededor. Los mismos edificios que lo habían acompañado en todas esas caminatas durante años, hoy se veían distintos. Los vidrios más limpios, quizás la gente en su interior llevaba vidas más tranquilas. Buscaba una explicación para esta imprevista metamorfosis de su mundo. ¿O tal vez algo en él había cambiado? Seguía igual de flaco, pero su pelo quizás estaba un poco más sucio que ayer. Nada más. No era algo tan importante, simplemente iba caminando rumbo a su casa luego de un arduo día de estudios, cuando notó que una nueva luminosidad se apoderaba de los tristes y opacos edificios de aquel barrio. Decidió reemprender la marcha cuando sintió que sus pies caminaban ahora un poco más ligeros. Qué extraño, se dijo. Recordaba haber llevado una mochila. Se detuvo bruscamente, asustado. ¿A dónde se había ido su mochila? Miró fugazmente por sobre cada uno de sus hombros, iluso. No estaba. Maldijo algunos segundos, y siguió caminando. De todos modos, ¿qué llevaba en aquella mochila? ¿Acaso algo de valor? No lo recordaba. De hecho, no recordaba desde cuando había cargado aquella mochila. No debe haber tenido nada importante, sino lo recordaría. Se sorprendió de la ligereza de su andar. Al pasar enfrente de unas vitrinas, miró su reflejo en ellas y nuevamente se sintió sorprendido. El mismo resplandor que algunas cuadras atrás lo había hecho detenerse y mirar los edificios, ahora se proyectaba sobre su imagen. Se veía bien. Cada rasgo de su cara se dibujaba con mayor determinación, su ropa combinaba mejor que en aquella mañana, cuando el apuro le había impedido poner mucho cuidado en elegir qué ponerse. Siguió caminando. Todo el mundo parecía sonreírle. Un auto que iba por la calle contigua a su caminar, disminuyó su velocidad casi hasta detenerse, bajó los vidrios, y de su interior una preciosa niña le gritó un piropo. No pudo evitar sonrojarse. No estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. Ya faltaban pocas cuadras para llegar a su casa, cuando de pronto la vio a ella en la vereda contraria. Como siempre, su corazón pareció dejar de latir por algunos instantes y sintió que la sangre abandonaba su cuerpo. Tanto era lo que sentía por ella. Con sólo imaginarse juntos, todas las preocupaciones de su vida perdían relevancia. Estaba junto a ella y nada más importaba. Estaba junto a ella y podía acariciar su mano suavemente. Estaba junto a ella y sabía que lo único que necesitaba para ser feliz, estaba ahí, caminando a su lado. Aterrizó bruscamente. Cuanto amaba soñar, y dejarse envolver por lo que su mente y corazón, en un magnífico trabajo conjunto, le ofrecían. Hacerse sueño. Sintió su paso un poco más ligero. Ahora venía la parte triste: él sabía que esto era posible sólo en sus sueños. Qué injusto, su felicidad pertenecía al etéreo mundo de los sueños y la imaginación. Pero a diferencia del resto de las tantas veces que la había visto, en las que repetía indefinidamente la hermosa imagen de ir caminando tomado de su mano, y en las que muy rápido chocaba con la realidad, esta vez, algo le hacía pensar que la felicidad sí era posible. Tenerla a ella sí era posible. Darle un beso y mirarla a los ojos era cuestión de querer hacerlo con suficiente fuerza. Algo en su corazón lo animaba a intentarlo. El sueño esta vez se hizo presente con más intensidad que nunca. Su camino cruzaba el de ella y el destino era uno solo: la felicidad. Un tibio licor recorrió de arriba abajo sus entrañas, hasta llegar a la punta de sus dedos. Lo sentía gotear. Escuchaba el eco de su esperanza gotear...Ella estaba ahí, más presente que nunca, y su carita, el hermoso carruaje de las dos estrellas más brillantes del firmamento. Su pelo que definía sublimes melodías que el viento, coqueto, trataba de seguir. Sus labios amando mis labios. Mi piel jugaba y su piel reía. Su vida en mi vida. Una sola historia... Rápidamente cruzó la calle, y cambió su rumbo. Caminó con decisión por la vereda para alcanzarla, decirle cuanto la amaba, y fundirse en éxtasis hasta desaparecer. Algo en el aire le prometía el éxito. Algo en su reflejo le auguraba aquella anhelada satisfacción. La divisó a lo lejos. Ligero, esquivó a cuanto peatón distraído cortaba su paso. Ligero. Sus pies nunca habían caminado tan aprisa. La infinita separación parecía caer rendida ante su caminar seguro. Su corazón nunca había latido con tal violencia. Se encontraba ya a pocos metros. Su mirada jamás había buscado con tanta fuerza esos ojos. Frente a frente. Su lengua nunca había expresado con tanta gracia las verdades del corazón…
Se repuso de aquel desvanecimiento. En las últimas cuadras hasta su casa, su corazón albergó la triste certeza de que nunca nada cambiaría.
viernes, 15 de junio de 2007
Llueve y la conciencia.
Este pequeño relato busca crear conciencia. El invierno se hace presente en la capital y millones de personas sufren con cada gota que cae, con cada mañana de escarcha. ¿Y qué hacemos?
Llueve y la conciencia aletargada despertó.
Miré por mi ventana. El cielo rompía en llanto. Cada cierto tiempo, lo hacía, para limpiar sus ojos, hostigados por aquel huésped indeseable, que se hace presente cada invierno en la capital. Aquel huésped que nosotros mismos aceptamos en nuestra mesa de cada día, aunque no nos guste.
La lluvia cae firme y orgullosa. El cielo obstinado se ciega, y no se da cuenta que no todos son culpables del ardor de sus ojos. Poco le importa que paguen justos por pecadores. Poco le importa que la señora Lucía no pueda ir a trabajar hoy y no tenga qué comer mañana. Poco le importa que los niños de Evelyn se enfermen del frío y la humedad. Poco le importa que Gastón pueda perder la vida arreglando su morada para la lluvia, ya que no se dio cuenta que las hechizas conexiones eléctricas se habían mojado. Poco le importa que la vida de pobres se llene de barro y la de ricos no se altere en lo más mínimo. Porque teniendo techo, estufa, abrigo y qué comer, no importa la lluvia, que siga cayendo que el aire estaba tan sucio. Que tanta falta hacía. Y que nuestras chimeneas y autos sigan envenenando al cielo, que no cuesta nada mirar hacia fuera y rezar por los que sufren.
Ha llovido por horas, y está haciendo cada vez más frío, pero al cielo poco le importa que en la gélida calle Pedro dificultoso, esté respirando sus últimas bocanadas en este mundo. Que sufriendo, su corazón lata débil sus últimos latidos. Al cielo parece no importarle que no tenga cómo cobijarse, o que ni siquiera pueda tener conciencia de que no vivirá más allá de esta noche.
Sí, se limpian los aires, nieva la cordillera y brillan los árboles de invierno al día siguiente, cuando amaina. Cuando las chimeneas siguen trabajando. Cuando tantas señoras Lucía no tienen qué comer. Cuando cientos de hijos de Evelyn están enfermos en un anegado refugio municipal, sin entender porqué su mamá no los puede llevar a un hospital. Cuando tantas familias de Gastón han quedado sin cabeza, y cuando una semilla de rencor en vez de futuro ha sido sembrada en sus corazones. Cuando Pedro y otros tantos sucumbieron inconcientes ante el frío que cala de madrugada, ante la muerte que recorre las calles. Cuando el sufrimiento se hace anónimo y el llanto, colectivo. Cuando yo y tantos otros aún seguimos en el escritorio escribiendo y mirando lo que pasa allá afuera.
Amaina y la conciencia cierra los ojos.
Llueve y la conciencia aletargada despertó.
Miré por mi ventana. El cielo rompía en llanto. Cada cierto tiempo, lo hacía, para limpiar sus ojos, hostigados por aquel huésped indeseable, que se hace presente cada invierno en la capital. Aquel huésped que nosotros mismos aceptamos en nuestra mesa de cada día, aunque no nos guste.
La lluvia cae firme y orgullosa. El cielo obstinado se ciega, y no se da cuenta que no todos son culpables del ardor de sus ojos. Poco le importa que paguen justos por pecadores. Poco le importa que la señora Lucía no pueda ir a trabajar hoy y no tenga qué comer mañana. Poco le importa que los niños de Evelyn se enfermen del frío y la humedad. Poco le importa que Gastón pueda perder la vida arreglando su morada para la lluvia, ya que no se dio cuenta que las hechizas conexiones eléctricas se habían mojado. Poco le importa que la vida de pobres se llene de barro y la de ricos no se altere en lo más mínimo. Porque teniendo techo, estufa, abrigo y qué comer, no importa la lluvia, que siga cayendo que el aire estaba tan sucio. Que tanta falta hacía. Y que nuestras chimeneas y autos sigan envenenando al cielo, que no cuesta nada mirar hacia fuera y rezar por los que sufren.
Ha llovido por horas, y está haciendo cada vez más frío, pero al cielo poco le importa que en la gélida calle Pedro dificultoso, esté respirando sus últimas bocanadas en este mundo. Que sufriendo, su corazón lata débil sus últimos latidos. Al cielo parece no importarle que no tenga cómo cobijarse, o que ni siquiera pueda tener conciencia de que no vivirá más allá de esta noche.
Sí, se limpian los aires, nieva la cordillera y brillan los árboles de invierno al día siguiente, cuando amaina. Cuando las chimeneas siguen trabajando. Cuando tantas señoras Lucía no tienen qué comer. Cuando cientos de hijos de Evelyn están enfermos en un anegado refugio municipal, sin entender porqué su mamá no los puede llevar a un hospital. Cuando tantas familias de Gastón han quedado sin cabeza, y cuando una semilla de rencor en vez de futuro ha sido sembrada en sus corazones. Cuando Pedro y otros tantos sucumbieron inconcientes ante el frío que cala de madrugada, ante la muerte que recorre las calles. Cuando el sufrimiento se hace anónimo y el llanto, colectivo. Cuando yo y tantos otros aún seguimos en el escritorio escribiendo y mirando lo que pasa allá afuera.
Amaina y la conciencia cierra los ojos.
domingo, 10 de junio de 2007
Entrevista II
Para comprender esta segunda entrevista, es necesario leer la primera, que se encuentra un poco más abajo en este mismo blog. Los dejo en entrevista exclusiva con...
Cómo me duele el cuello…Buenas noches.
Sucede que de un día para otro dejamos de ser niños. Nadie nos preguntó nada. Nadie se molestó en saber nuestras preferencias. Tal vez si yo hubiera elegido libremente la opción de crecer, no me sentiría desdichado o demasiado apremiado por esta vida exigente y perversa. Ni siquiera tengo ese consuelo, que todo esto sea culpa de mi actuar. Nada.
Sin previo aviso, cambiaron mis tardes de juego por horas de mente agónica. Cambiaron mis noches de tibio sueño por horas de nulo sentido del equilibrio, por horas de inexistente sentido de la dignidad. Cambiaron esa inocencia ingenua que mis ojos no conseguían ocultar, por el hecho de sentirme más culpable que cualquiera de mi familia, simplemente por saber demasiado. Cambiaron un presente feliz por un futuro que nada más pende de un hilo. Y que sin mucho, se puede cortar. Tranquilos, no veo tijeras por ningún lado. No en este escenario.
La vida en todas sus facetas me agobia, me traiciona, me miente, y no hago mucho al respecto: me dejo agobiar, la perdono y le creo. Claro que no tardo mucho en morderme la lengua. Y pasan los días y realmente nada sucede.
Me dejo manipular por el curso de la vida. Lo confieso, tal vez sea mejor sólo callar y acatar. Doblegar el ego una y mil veces, creer que esto es un sueño, un mal sueño. Pero me pregunto, ¿si muriese mañana, qué quedaría? ¿Cuales habrían sido mis logros? ¿Quién me recordaría? Sólo fui uno más que siguió el predecible rastro de la rutina. ¿Demasiadas preguntas? Tal vez sea mejor morderme la lengua.
Miro a mi alrededor y no tardo mucho en encontrar personas que viven en aquel estado tan anhelado por mí, veo personas que incluso lo ignoran, eso me perturba. ¿Acaso ustedes saben cómo he de proceder? Ya veo.
Me han criticado que normalmente hablo mucho de los días de la semana, y de una cierta obsesión con el tiempo y sus más diversas nomenclaturas. Por una parte, me reconozco un referente perpetuo al calendario. Al reloj. Pero, ¿qué más puedo hacer?, si al pasar el tiempo, no me queda más que el recuerdo de números y fechas, días y páginas, absolutamente carentes de todo aquello que les dé valor sino como fechas y números, en sí, vacíos.
Antes, aspiraba a la felicidad, a trascender, a sobresalir de entre el común de los mortales. Aspiraba a la inmortalidad, al inconciente colectivo. Ahora aspiro tímido a una vida con tintes de mediocridad y con alguno que otro logro modesto. Pretendo la absoluta normalidad y anhelo su camuflaje.
No tengo temas más interesantes de qué hablar, lo siento. No quiero irme aún. Siento que no lo he dicho todo, es decir, hablaría más de lo mismo pero prefiero quedarme. ¿No hay rating? Hace frío allá afuera. ¿Salir del escenario? ¿Fuera del canal? ¿Qué obtengo de una salida sigilosa? ¿Qué gano con un escándalo? Lucha. ¡Déjenme! No tienen idea de lo que hacen. ¡Díganle que la amo, que siempre la amé! Esto no estaba en el contrato. ¿Nunca hubo contrato? ¿Esto no es un canal de televisión? ¿De nuevo esas jeringas, pero qué mier…?
Cómo me duele el cuello…Buenas noches.
Sucede que de un día para otro dejamos de ser niños. Nadie nos preguntó nada. Nadie se molestó en saber nuestras preferencias. Tal vez si yo hubiera elegido libremente la opción de crecer, no me sentiría desdichado o demasiado apremiado por esta vida exigente y perversa. Ni siquiera tengo ese consuelo, que todo esto sea culpa de mi actuar. Nada.
Sin previo aviso, cambiaron mis tardes de juego por horas de mente agónica. Cambiaron mis noches de tibio sueño por horas de nulo sentido del equilibrio, por horas de inexistente sentido de la dignidad. Cambiaron esa inocencia ingenua que mis ojos no conseguían ocultar, por el hecho de sentirme más culpable que cualquiera de mi familia, simplemente por saber demasiado. Cambiaron un presente feliz por un futuro que nada más pende de un hilo. Y que sin mucho, se puede cortar. Tranquilos, no veo tijeras por ningún lado. No en este escenario.
La vida en todas sus facetas me agobia, me traiciona, me miente, y no hago mucho al respecto: me dejo agobiar, la perdono y le creo. Claro que no tardo mucho en morderme la lengua. Y pasan los días y realmente nada sucede.
Me dejo manipular por el curso de la vida. Lo confieso, tal vez sea mejor sólo callar y acatar. Doblegar el ego una y mil veces, creer que esto es un sueño, un mal sueño. Pero me pregunto, ¿si muriese mañana, qué quedaría? ¿Cuales habrían sido mis logros? ¿Quién me recordaría? Sólo fui uno más que siguió el predecible rastro de la rutina. ¿Demasiadas preguntas? Tal vez sea mejor morderme la lengua.
Miro a mi alrededor y no tardo mucho en encontrar personas que viven en aquel estado tan anhelado por mí, veo personas que incluso lo ignoran, eso me perturba. ¿Acaso ustedes saben cómo he de proceder? Ya veo.
Me han criticado que normalmente hablo mucho de los días de la semana, y de una cierta obsesión con el tiempo y sus más diversas nomenclaturas. Por una parte, me reconozco un referente perpetuo al calendario. Al reloj. Pero, ¿qué más puedo hacer?, si al pasar el tiempo, no me queda más que el recuerdo de números y fechas, días y páginas, absolutamente carentes de todo aquello que les dé valor sino como fechas y números, en sí, vacíos.
Antes, aspiraba a la felicidad, a trascender, a sobresalir de entre el común de los mortales. Aspiraba a la inmortalidad, al inconciente colectivo. Ahora aspiro tímido a una vida con tintes de mediocridad y con alguno que otro logro modesto. Pretendo la absoluta normalidad y anhelo su camuflaje.
No tengo temas más interesantes de qué hablar, lo siento. No quiero irme aún. Siento que no lo he dicho todo, es decir, hablaría más de lo mismo pero prefiero quedarme. ¿No hay rating? Hace frío allá afuera. ¿Salir del escenario? ¿Fuera del canal? ¿Qué obtengo de una salida sigilosa? ¿Qué gano con un escándalo? Lucha. ¡Déjenme! No tienen idea de lo que hacen. ¡Díganle que la amo, que siempre la amé! Esto no estaba en el contrato. ¿Nunca hubo contrato? ¿Esto no es un canal de televisión? ¿De nuevo esas jeringas, pero qué mier…?
martes, 5 de junio de 2007
Glorias pasadas.
Este pequeño poema, habla de un hombre caído en sombras, con un pasado brillante. Muchas veces nosotros mismos nos sentimos como este hombre. Ojalá les guste.
Ayer era un visionario,
Hoy llevo la mirada perdida.
Ayer jugaba a las escondidas,
Hoy vivo escondiéndome.
Ayer me vestía de terno y corbata,
Almorzaba en restoranes iluminados,
Dormía tranquilo por las noches.
Hoy, me visto de harapos,
Pido comida en antros de mala muerte,
Y no recuerdo cuándo fue la última vez que cerré los ojos,
Al menos gracias al sueño.
Ayer era un filántropo como pocos,
Hoy recojo monedas en las plazas.
Ayer era un firme pilar,
Hoy mi voluntad está quebrada.
Ayer te tenía al menos en sueños,
Hoy esos sueños me los robaron.
Ayer fue un día mejor que hoy,
¿Mañana lo será?
Hoy llevo la mirada perdida.
Ayer jugaba a las escondidas,
Hoy vivo escondiéndome.
Ayer me vestía de terno y corbata,
Almorzaba en restoranes iluminados,
Dormía tranquilo por las noches.
Hoy, me visto de harapos,
Pido comida en antros de mala muerte,
Y no recuerdo cuándo fue la última vez que cerré los ojos,
Al menos gracias al sueño.
Ayer era un filántropo como pocos,
Hoy recojo monedas en las plazas.
Ayer era un firme pilar,
Hoy mi voluntad está quebrada.
Ayer te tenía al menos en sueños,
Hoy esos sueños me los robaron.
Ayer fue un día mejor que hoy,
¿Mañana lo será?
martes, 29 de mayo de 2007
Oda a la guitarra
Cambiando un poco lo que ha sido la tónica de mis posts en este blog, les entrego este poema un poco más "light", no tan existencialista, un poco más cuerdo. Lo escribí el año pasado, en honor al gran amor de mi vida: la guitarra.
Tú me entiendes,
Yo te entiendo,
Nos entendemos.
Y sólo espero quebrar,
Una vez más,
Tu silencio esquivo,
Tomarte por tu cuerpo pulido,
Del trabajo del lutier,
Tu madera sabia,
Frágil y precisa,
Tímidamente,
Mover cada uno de mis dedos,
Hacia el espacio indicado,
Presionar con justeza,
Sin dejar que tus cuerdas,
Se libren del suave contacto,
Con tu hermoso cuello,
Y sin dejar,
Que por mucha fuerza,
Lo dañen, se dañen,
Para así acariciarnos,
Yo tus cuerdas,
Tú mis dedos,
Y dejar escapar esa melodía,
Etérea, perfecta y ágil,
Que irá a volar,
Hacia sus oídos,
Irá a seducir su calma,
Irá a invitarla a mi lecho,
A lo más profundo de mi alma.
Y harás bailar a cada piedra,
Y suspirar a un auditorio de árboles,
Te ovacionarán las montañas,
Que al eco de tu canto,
Han cobijado.
Porque tú me entiendes,
Yo te entiendo,
Nos entendemos.
Yo te entiendo,
Nos entendemos.
Y sólo espero quebrar,
Una vez más,
Tu silencio esquivo,
Tomarte por tu cuerpo pulido,
Del trabajo del lutier,
Tu madera sabia,
Frágil y precisa,
Tímidamente,
Mover cada uno de mis dedos,
Hacia el espacio indicado,
Presionar con justeza,
Sin dejar que tus cuerdas,
Se libren del suave contacto,
Con tu hermoso cuello,
Y sin dejar,
Que por mucha fuerza,
Lo dañen, se dañen,
Para así acariciarnos,
Yo tus cuerdas,
Tú mis dedos,
Y dejar escapar esa melodía,
Etérea, perfecta y ágil,
Que irá a volar,
Hacia sus oídos,
Irá a seducir su calma,
Irá a invitarla a mi lecho,
A lo más profundo de mi alma.
Y harás bailar a cada piedra,
Y suspirar a un auditorio de árboles,
Te ovacionarán las montañas,
Que al eco de tu canto,
Han cobijado.
Porque tú me entiendes,
Yo te entiendo,
Nos entendemos.
viernes, 25 de mayo de 2007
Entrevista.
Los dejo en entrevista exclusiva con...

Buenas tardes. Me creerás un loco, un ridículo trastorno en la perfección de tus planes, pero ya no quiero ser el Presidente de la Sociedad de Enamorados Que Jamás Serán Correspondidos (SEQJSC). Lo siento. También, estimo necesario abandonar mi cargo honorífico en el Senado de Alcohólicos Que Creen Ser Anónimos (sin siglas). Espero me entiendas. Hoy me desperté queriendo abandonarme, queriendo volver atrás en el camino, tomar otras bifurcaciones, elegir otros compañeros de viaje. En fin, es por esto que no es raro que quiera olvidarme de quién soy, de cómo soy, de porqué soy… ¿para donde voy? No es imprescindible ya que mi futuro no me lleva a ninguna parte.
Quiero nuevas oportunidades, nuevos talentos, nuevos escenarios y nuevos papeles. Nuevos cuadernos.
Quizás me habría gustado vivir en otra época y en otro continente: nacer en el Liverpool de los años cuarenta, estudiar en el colegio que congregaría a los futuros Beatles, ser amigo de infancia de George Harrison, llegar a la plenitud creativa, ser un pequeño dios.
No está nada de mal. Tómalo como un ejemplo. Estoy cansado de esta vida que me tiene como inmóvil espectador de su frágil existencia, como un poeta ante una hoja de cálculo o un notario frente a un papel en blanco. Me creerás un loco, lo sé. Pues se me ocurrió que tal vez yo tengo los mismos derechos que las otras almas a acceder a eso que llaman felicidad. No entiendo bien de que se trata, pero según lo que he leído, es mucho mejor que mi actual estado: incertidumbre ante cada peldaño de la vida, ansiedad ante cada segundo que pasa, y una sensibilidad que no es capaz de desarrollar resistencia alguna a los vaivenes del día a día.
Me cansé de mirar. Quiero hacer cosas. Quiero dejar este cuerpo inerte y cambiar a cada persona a mi alrededor. Quiero ser fundamental para el bienestar de mi entorno. Espera, aún no termino.
Así como renuncio a la presidencia del SEQJSC, me gustaría que alguna vez que me enamore, sea la otra persona la que tenga que vivir esas eternas horas vacías de vida, esa autoflagelación, ese infierno: la espera y la incertidumbre, sea ella quién se lleve la mayor parte de las dudas y yo la del cariño. Permítemelo, abre esa puerta en mi vida. No creo que sea tan difícil, sobre todo para alguien con tus facultades.
No quiero ser majadero, me creerás un loco, pero no estoy conforme conmigo mismo, me reconozco irremediablemente mediocre, y me avergüenzo de lo que fui, de lo que soy y de lo que seré. ¿No soy el primero?
Tal vez recordarás aquel poema que se le atribuye a Borges, en el que escribe las cosas que él haría si pudiese vivir de nuevo. Si, ya sé que ese poema es casi un cliché. Bueno, te pido lo mismo que ese supuesto Borges en sus letras, pero con toda una vida por delante. Llévame a trascender. ¿No se puede? Llévame de nuevo a la pureza del alma infantil. No, quiero ser blanco como un niño, pero no por eso dejar de lado los sabrosos misterios de la vida adulta. ¿Muy difícil? Ayúdame a encontrar un equilibrio entonces. ¿Me dices que es imposible lo que te pido? ¿Que debo vivir la vida que me tocó vivir, sufrir las penas que me tocó sufrir, olvidarme de la dicha? ¿Y qué, si te digo que me parece tremendamente injusto lo que dices? Ni amar he podido. Conozco la mayor parte de los sentimientos o conceptos agradables, gracias a la lectura y la televisión, por vivir vidas ajenas, por vivir de vidas ajenas, por mi alrededor. ¿No debo insistir más? ¿No hay vuelta atrás? ¿Que pase el siguiente? Quiero ser feliz. ¿Llamas a
seguridad…?! Quiero una nueva oportunidad, te lo imploro, un nuevo horizonte, un nuevo sueño. ¿Y estos hombres?¿Para qué son esas jeringas?¡¡Suéltenme!! ¡Quiero ser otro! ¡Déjenme, déjenme! Prefiero no ser entonces, ¡ahhhhgg! ¡En el cuello nooo! Cuidado… que duele. Ya no.
Prefiero…ser… (Nada).
Quiero nuevas oportunidades, nuevos talentos, nuevos escenarios y nuevos papeles. Nuevos cuadernos.
Quizás me habría gustado vivir en otra época y en otro continente: nacer en el Liverpool de los años cuarenta, estudiar en el colegio que congregaría a los futuros Beatles, ser amigo de infancia de George Harrison, llegar a la plenitud creativa, ser un pequeño dios.
No está nada de mal. Tómalo como un ejemplo. Estoy cansado de esta vida que me tiene como inmóvil espectador de su frágil existencia, como un poeta ante una hoja de cálculo o un notario frente a un papel en blanco. Me creerás un loco, lo sé. Pues se me ocurrió que tal vez yo tengo los mismos derechos que las otras almas a acceder a eso que llaman felicidad. No entiendo bien de que se trata, pero según lo que he leído, es mucho mejor que mi actual estado: incertidumbre ante cada peldaño de la vida, ansiedad ante cada segundo que pasa, y una sensibilidad que no es capaz de desarrollar resistencia alguna a los vaivenes del día a día.
Me cansé de mirar. Quiero hacer cosas. Quiero dejar este cuerpo inerte y cambiar a cada persona a mi alrededor. Quiero ser fundamental para el bienestar de mi entorno. Espera, aún no termino.
Así como renuncio a la presidencia del SEQJSC, me gustaría que alguna vez que me enamore, sea la otra persona la que tenga que vivir esas eternas horas vacías de vida, esa autoflagelación, ese infierno: la espera y la incertidumbre, sea ella quién se lleve la mayor parte de las dudas y yo la del cariño. Permítemelo, abre esa puerta en mi vida. No creo que sea tan difícil, sobre todo para alguien con tus facultades.
No quiero ser majadero, me creerás un loco, pero no estoy conforme conmigo mismo, me reconozco irremediablemente mediocre, y me avergüenzo de lo que fui, de lo que soy y de lo que seré. ¿No soy el primero?
Tal vez recordarás aquel poema que se le atribuye a Borges, en el que escribe las cosas que él haría si pudiese vivir de nuevo. Si, ya sé que ese poema es casi un cliché. Bueno, te pido lo mismo que ese supuesto Borges en sus letras, pero con toda una vida por delante. Llévame a trascender. ¿No se puede? Llévame de nuevo a la pureza del alma infantil. No, quiero ser blanco como un niño, pero no por eso dejar de lado los sabrosos misterios de la vida adulta. ¿Muy difícil? Ayúdame a encontrar un equilibrio entonces. ¿Me dices que es imposible lo que te pido? ¿Que debo vivir la vida que me tocó vivir, sufrir las penas que me tocó sufrir, olvidarme de la dicha? ¿Y qué, si te digo que me parece tremendamente injusto lo que dices? Ni amar he podido. Conozco la mayor parte de los sentimientos o conceptos agradables, gracias a la lectura y la televisión, por vivir vidas ajenas, por vivir de vidas ajenas, por mi alrededor. ¿No debo insistir más? ¿No hay vuelta atrás? ¿Que pase el siguiente? Quiero ser feliz. ¿Llamas a
seguridad…?! Quiero una nueva oportunidad, te lo imploro, un nuevo horizonte, un nuevo sueño. ¿Y estos hombres?¿Para qué son esas jeringas?¡¡Suéltenme!! ¡Quiero ser otro! ¡Déjenme, déjenme! Prefiero no ser entonces, ¡ahhhhgg! ¡En el cuello nooo! Cuidado… que duele. Ya no.
Prefiero…ser… (Nada).
jueves, 24 de mayo de 2007
La oscuridad y su mala influencia
Este poema, que escribí en Enero si no me equivoco, trata de adentrarse en el oscuro mundo de la noche, de los sueños, de los ojos cerrados, de los ojos que se quieren cerrar.
¿Acaso me temes?
El que no veas bien las cosas,
No significa que ya no estén.
O que te quieran comer.
Cierra los ojos.
Fúndete en la placentera muerte temporal.
Es tan tibia.
Olvídate de la ajetreada agenda semanal.
Te doy envidia.
Lánzate al ocaso,
Sin escudos,
Al desnudo
Sin armas ni ejércitos de ángeles,
Sin oraciones ni tiernos cuentos maternales.
Si cierras los ojos,
Algún día tendrán que abrirse,
Al menos en lo que a mi negocio respecta.
Duerme callada,
Acostada,
En tu cama,
Con la luz apagada,
Ponte el piyama,
Duerme.
Duerme.
.
¿Acaso me temes?
El que no veas bien las cosas,
No significa que ya no estén.
O que te quieran comer.
Cierra los ojos.
Fúndete en la placentera muerte temporal.
Es tan tibia.
Olvídate de la ajetreada agenda semanal.
Te doy envidia.
Lánzate al ocaso,
Sin escudos,
Al desnudo
Sin armas ni ejércitos de ángeles,
Sin oraciones ni tiernos cuentos maternales.
Si cierras los ojos,
Algún día tendrán que abrirse,
Al menos en lo que a mi negocio respecta.
Duerme callada,
Acostada,
En tu cama,
Con la luz apagada,
Ponte el piyama,
Duerme.
Duerme.
martes, 22 de mayo de 2007
Sábado
Este cuento lo escribí el año pasado. Hace algunos días, lo envié a un concurso, ojalá le vaya bien. Sin más, espero que sea de su gusto.
El inconfundible sonido de un vidrio roto los detuvo. Felipe se puso de pie y se ordenó un poco la ropa, no fuera a ser que le dijeran algún comentario mal pensado (y con toda razón) al respecto.
Se dispuso a salir de la pieza, pero antes le dijo a Camila que regresaría de inmediato, que sólo iría para poner un poco de orden en el piso de abajo. Ella asintió sin mayores problemas. Llevaban ya tres años de feliz pololeo, sin ningún sobresalto importante. Bajando las escaleras, Felipe se encontró con Nicolás y le pidió que por favor se quedara con Camila unos minutos y que vigilara que no entrara nadie a la pieza mientras él estaba en el piso de abajo, ordenando una fiesta que parecía irse de las manos. Y efectivamente, no fue menor la sorpresa para el
dueño de casa cuando se encontró con el desolador panorama: dos botellas de vino rotas en el suelo (las mismas que descorchaba su padre en ocasiones especiales), la mano llena de sangre de una Sofía demasiado borracha para darse cuenta que se estaba cortando, rodeada por una multitud de curiosos que poco y nada hacían para ayudarla, y el teléfono que sonaba estéril ante los oídos sordos de los invitados, seguramente desde hacia varios minutos.
Paralelamente al pequeño infierno que se vivía en el primer piso de la casa, Nicolás miraba a los ojos a la polola de su mejor amigo mientras le hacía cariños en el cuello, cariños que luego serían tímidos besos.
Contestó el teléfono, era la vecina, que amenazaba que si no bajaban la música, llamaría a Carabineros. Luego fue a atender a Sofía, dispersó con esfuerzo a la multitud morbosa y la llevó con ayuda de un desconocido a la cocina de la casa, donde le lavaron los numerosos cortes de la mano, que por suerte no eran tan profundos. Le puso un improvisado vendaje, le pidió al ya no desconocido Cristóbal que llamara a algún amigo o familiar de la accidentada para que la viniera a buscar y la llevara a algún hospital, dio una vuelta por todo el jardín para chequear que no hubieran más botellas de vino de la reserva de su padre rotas en el piso, ni amigas de la infancia borrachas bañándose en sangre, y se puso a subir la escalera. Luego de avanzar dos o tres peldaños, se dio cuenta que había olvidado bajar la música. Ya realizadas sus tareas de anfitrión, tomó un vaso de agua y subió al segundo piso.
Nicolás y Camila eran como uno solo. Se encontraban inmersos en una desordenada secuencia de besos apasionados, agarrones, toqueteos, más besos, botones desabrochados, vasos de roncola, camisas arrinconadas en el suelo, puertas sin pestillo...
Un Felipe atónito, seguido de un portazo, unos pasos que bajaban corriendo la escalera, otro portazo y al fin el chirrido de la goma sobre el pavimento seguido por el sonido de un motor que se alejaba de aquel lugar a toda velocidad, hicieron reaccionar a los traidores, que apenas se habían percatado de que alguien había descubierto su nido de mentiras.
Para Camila, fue el fin de una relación que parecía estar entrando en una fase de demasiado compromiso. Para Nicolás, fue el fin rotundo de una amistad de toda una vida. Para Felipe, fue el mundo entero que le dio la espalda un sábado por la noche.
Ha sido un día excelente – dijo para sí. Todo le había salido según los planes. El pedido de más Mausers de 9” había llegado a la hora presupuestada, las municiones de 22” aún no se acababan, pese a estarse terminando el período más fuerte de la temporada. Su señora lo había llamado esa mañana. Asistiría a la inauguración de una exposición de un joven pero popular artista en la azotea de la Torre CTC, donde, según lo que ella misma le había dicho, se reuniría toda la farándula artística de la capital.
Eran las siete de la tarde, cerraría la armería en diez o quince minutos, a lo sumo, cuando entró a la tienda un tipo de estatura media, con barba y el pelo hasta el cuello de la camisa, con el diario de la tarde bajo el brazo. El cliente preguntó por una Mágnum de 9”. Sí señor, se la traigo inmediatamente – dijo en respuesta. El cliente abrió con cuidado la caja de aluminio, parecía disfrutar del frío brillo del metal bien pulido. Preguntó por municiones. Enseguida, el dueño de la armería le entregó una caja con un centenar de balas. ¿Algo más? – preguntó éste. El precio que el hombre de la barba pagaría por la pistola y las balas, terminaría por redondear el mejor día de la temporada en la armería Dantés. El cliente dejó el diario sobre la mesa de la caja, parecía buscar la tarjeta de crédito en su billetera de cuero. Mientras procesaba la compra, el dueño del lugar leyó el titular del diario que su cliente había dejado sobre la mesa: Mujer cae desde azotea de rascacielos. No, no era posible, existen muchos otros edificios que abren la azotea para que la gente la visite. Siguió leyendo, desesperado. Mujer identificada como Camila Sepúlveda, murió tras caer desde la azotea de la Torre CTC, a las dos de la tarde. No lo podía creer. Mientras entraba en pánico, su corazón parecía acelerarse hasta el extremo, y una gruesa gota de sudor corría por su cuello, se dio cuenta que el cliente se estaba afeitando la barba tranquilamente enfrente de él. De pronto, reconoció en aquel rostro lampiño a un antiguo amigo. Felipe tomó la Mágnum y la cargó con dos balas, mientras Nicolás parecía estar cada vez más cerca de explotar. ¿Me recuerdas? –dijo, apuntándole el pecho con el arma recién adquirida. ¿Me recuerdas? –preguntó nuevamente. Seguido de esto, descargó dos tiros sobre la frente de Nicolás, tomó el diario salpicado de sangre, salió tranquilamente de la armería del hombre que le había arruinado la vida y se subió a su auto. Tomó el diario y despegó cuidadosamente el titular falso que había pegado en la primera plana de un diario de la tarde. Era un día sábado.
El inconfundible sonido de un vidrio roto los detuvo. Felipe se puso de pie y se ordenó un poco la ropa, no fuera a ser que le dijeran algún comentario mal pensado (y con toda razón) al respecto.
Se dispuso a salir de la pieza, pero antes le dijo a Camila que regresaría de inmediato, que sólo iría para poner un poco de orden en el piso de abajo. Ella asintió sin mayores problemas. Llevaban ya tres años de feliz pololeo, sin ningún sobresalto importante. Bajando las escaleras, Felipe se encontró con Nicolás y le pidió que por favor se quedara con Camila unos minutos y que vigilara que no entrara nadie a la pieza mientras él estaba en el piso de abajo, ordenando una fiesta que parecía irse de las manos. Y efectivamente, no fue menor la sorpresa para el
dueño de casa cuando se encontró con el desolador panorama: dos botellas de vino rotas en el suelo (las mismas que descorchaba su padre en ocasiones especiales), la mano llena de sangre de una Sofía demasiado borracha para darse cuenta que se estaba cortando, rodeada por una multitud de curiosos que poco y nada hacían para ayudarla, y el teléfono que sonaba estéril ante los oídos sordos de los invitados, seguramente desde hacia varios minutos.
Paralelamente al pequeño infierno que se vivía en el primer piso de la casa, Nicolás miraba a los ojos a la polola de su mejor amigo mientras le hacía cariños en el cuello, cariños que luego serían tímidos besos.
Contestó el teléfono, era la vecina, que amenazaba que si no bajaban la música, llamaría a Carabineros. Luego fue a atender a Sofía, dispersó con esfuerzo a la multitud morbosa y la llevó con ayuda de un desconocido a la cocina de la casa, donde le lavaron los numerosos cortes de la mano, que por suerte no eran tan profundos. Le puso un improvisado vendaje, le pidió al ya no desconocido Cristóbal que llamara a algún amigo o familiar de la accidentada para que la viniera a buscar y la llevara a algún hospital, dio una vuelta por todo el jardín para chequear que no hubieran más botellas de vino de la reserva de su padre rotas en el piso, ni amigas de la infancia borrachas bañándose en sangre, y se puso a subir la escalera. Luego de avanzar dos o tres peldaños, se dio cuenta que había olvidado bajar la música. Ya realizadas sus tareas de anfitrión, tomó un vaso de agua y subió al segundo piso.
Nicolás y Camila eran como uno solo. Se encontraban inmersos en una desordenada secuencia de besos apasionados, agarrones, toqueteos, más besos, botones desabrochados, vasos de roncola, camisas arrinconadas en el suelo, puertas sin pestillo...
Un Felipe atónito, seguido de un portazo, unos pasos que bajaban corriendo la escalera, otro portazo y al fin el chirrido de la goma sobre el pavimento seguido por el sonido de un motor que se alejaba de aquel lugar a toda velocidad, hicieron reaccionar a los traidores, que apenas se habían percatado de que alguien había descubierto su nido de mentiras.
Para Camila, fue el fin de una relación que parecía estar entrando en una fase de demasiado compromiso. Para Nicolás, fue el fin rotundo de una amistad de toda una vida. Para Felipe, fue el mundo entero que le dio la espalda un sábado por la noche.
Ha sido un día excelente – dijo para sí. Todo le había salido según los planes. El pedido de más Mausers de 9” había llegado a la hora presupuestada, las municiones de 22” aún no se acababan, pese a estarse terminando el período más fuerte de la temporada. Su señora lo había llamado esa mañana. Asistiría a la inauguración de una exposición de un joven pero popular artista en la azotea de la Torre CTC, donde, según lo que ella misma le había dicho, se reuniría toda la farándula artística de la capital.
Eran las siete de la tarde, cerraría la armería en diez o quince minutos, a lo sumo, cuando entró a la tienda un tipo de estatura media, con barba y el pelo hasta el cuello de la camisa, con el diario de la tarde bajo el brazo. El cliente preguntó por una Mágnum de 9”. Sí señor, se la traigo inmediatamente – dijo en respuesta. El cliente abrió con cuidado la caja de aluminio, parecía disfrutar del frío brillo del metal bien pulido. Preguntó por municiones. Enseguida, el dueño de la armería le entregó una caja con un centenar de balas. ¿Algo más? – preguntó éste. El precio que el hombre de la barba pagaría por la pistola y las balas, terminaría por redondear el mejor día de la temporada en la armería Dantés. El cliente dejó el diario sobre la mesa de la caja, parecía buscar la tarjeta de crédito en su billetera de cuero. Mientras procesaba la compra, el dueño del lugar leyó el titular del diario que su cliente había dejado sobre la mesa: Mujer cae desde azotea de rascacielos. No, no era posible, existen muchos otros edificios que abren la azotea para que la gente la visite. Siguió leyendo, desesperado. Mujer identificada como Camila Sepúlveda, murió tras caer desde la azotea de la Torre CTC, a las dos de la tarde. No lo podía creer. Mientras entraba en pánico, su corazón parecía acelerarse hasta el extremo, y una gruesa gota de sudor corría por su cuello, se dio cuenta que el cliente se estaba afeitando la barba tranquilamente enfrente de él. De pronto, reconoció en aquel rostro lampiño a un antiguo amigo. Felipe tomó la Mágnum y la cargó con dos balas, mientras Nicolás parecía estar cada vez más cerca de explotar. ¿Me recuerdas? –dijo, apuntándole el pecho con el arma recién adquirida. ¿Me recuerdas? –preguntó nuevamente. Seguido de esto, descargó dos tiros sobre la frente de Nicolás, tomó el diario salpicado de sangre, salió tranquilamente de la armería del hombre que le había arruinado la vida y se subió a su auto. Tomó el diario y despegó cuidadosamente el titular falso que había pegado en la primera plana de un diario de la tarde. Era un día sábado.
domingo, 20 de mayo de 2007
La resaca (otra vez, implacable)
A modo de inaugurar mi blog, les dejo este cuento que escribí ayer en la noche. Disfrútenlo.
Era un domingo por la mañana, cuando un látigo de luz encandiló con poca delicadeza unos ojos que se habían cerrado muertos, ya hacia varias horas. Y otra vez esa indescriptible sensación que se siente cuando se nos niega el descanso, cuando se le arrebata de un golpe la autoridad a la voluntad más poderosa de nuestro ser: el sueño. Masticando de mal humor tal sentimiento, apretó su almohada contra su cara, tratando evadir lo inevitable: debía levantarse. Ducharse. Tomar algo de desayuno, aunque el alcohol, aún presente en su sangre, no le perdonara su obvia deuda biológica por los servicios prestados la noche anterior. Vestirse bien. En un acto de resignación casi masoquista, de voluntades quebradas, se paró de un salto de aquella cama, en cuyas sábanas, gustoso se habría dejado envolver por el resto de la eternidad. Así era la realidad, el fin de semana, tan esperado, había terminado. Ahora le seguía esa hora de semi conciencia en la iglesia, seguida de la interminable salida del rito, sus padres y los infaltables y poco empáticos saludos a los conocidos, a los conocidos de los conocidos, al cura. Almuerzo con los abuelos, ¡qué alegría! (está siendo sarcástico, seguro) Nunca entendió cómo los discursos de su abuela podían incluso lograr que no se percatara de lo sabroso que estaba el banquete que había preparado su madre con tanto esmero. No podía ni mirar la fina botella de vino que su padre había traído a la mesa, enfrente de él ese olor de nuevo, le daba náuseas. Lo único rescatable de aquella patética situación era que nadie notaba su estado, lo mal que se sentía, nadie se percataba de su existencia. No debía hablar mucho y todo estaría bien. Y entre senadores corruptos, pastores evangélicos que parecían más santos que Dios, una juventud perdida que sólo sabía carretear y las ganas de que todo pasara lo más rápido posible, se había terminado el almuerzo y ellos se habían ido.
No es que no los quisiera, de hecho, su abuelo le caía muy bien, con su ácida mirada de las cosas y su inteligencia admirable, y a su abuela, igualmente la quería, a pesar de sus espasmódicos impulsos de convertir al cristianismo a todo lo que se moviera. En cualquier otra circunstancia todo habría sido distinto, podría haber participado, incluso podría haber contado algún chiste.
Ahora debía dormir una corta siesta, para luego comenzar a estudiar la prueba que tenía mañana lunes.
El fin de semana se había terminado: otra vez más quedaban en nada las ganas de trabajar del lunes, los sueños de amor del martes, que estaba seguro se concretarían el viernes, o cuando mucho el sábado, las dudas existenciales del miércoles, el proyecto de ir a andar en bicicleta en el fin de semana del jueves, las promesas borrachas del viernes por la noche, las prome
sas más borrachas aún del sábado por la noche…todo quedaba en la resaca del domingo, la expiación de todas sus culpas. Todo quedaba en nada. Otra semana perdida. Y no había nada que le hiciese creer que esta semana, que amenazaba con empezar, sería distinta en algo. ¿Qué podría cambiar? Estaba estancado en esta cruel secuencia desde que podía recordar. No, existieron días en los que la semana no transcurría en forma tan odiosamente ordenada, tan odiosamente calculada, que tan odiosamente lo mantenía empañando (y sin mucho éxito) los vidrios de su inalterable existencia. De todas maneras, no podía recordar cuándo fueron esos días, al menos no así, con la cabeza que quería explotar y destruir el mundo, con ese estómago que se pronunciaba en una polifónica sinfonía de dolorosos ruidos, con el sueño cortado en diez y siete partes, con los músculos cansados y desganados, con el ánimo en el suelo. Estaba cansado de terminar igual cada domingo, sintiéndose como un náufrago que pasó meses en una isla sólo, irremediablemente sólo. Cada plan, cada sueño que cruzaba su frágil mente, luego de pasar por un etéreo momento de máxima expectación, por un clímax tristemente imaginario, terminaba como él: destrozado, sin nada entre las manos, con una caña que no le dejaba tranquilo, con el amargo sabor de la derrota arraigado hasta lo más profundo del alma ¿Qué esperaba que sucediera entonces? ¿Qué debía cambiar en su vida para que esta volviera a tener un sentido claro? Quizás esperaba romper con la monotonía. Quizás esperaba que el próximo fin de semana sí fuera a andar en bicicleta con algún amigo. Quizás esperaba que ella se enamorara de él, de alguna forma mágica, impensable, milagrosa. Quizás esperaba que alguna vez, algún sueño trascendiera las barreras del imposible que le condenaban a morir. Quizás esperaba que Dios tomara el control de su vida.
Quizás podría haber esperado todo eso, pero antes, en otro tiempo. Ya no.
Ahora sólo podía esperar que se le pasara la resaca.
No es que no los quisiera, de hecho, su abuelo le caía muy bien, con su ácida mirada de las cosas y su inteligencia admirable, y a su abuela, igualmente la quería, a pesar de sus espasmódicos impulsos de convertir al cristianismo a todo lo que se moviera. En cualquier otra circunstancia todo habría sido distinto, podría haber participado, incluso podría haber contado algún chiste.
Ahora debía dormir una corta siesta, para luego comenzar a estudiar la prueba que tenía mañana lunes.
El fin de semana se había terminado: otra vez más quedaban en nada las ganas de trabajar del lunes, los sueños de amor del martes, que estaba seguro se concretarían el viernes, o cuando mucho el sábado, las dudas existenciales del miércoles, el proyecto de ir a andar en bicicleta en el fin de semana del jueves, las promesas borrachas del viernes por la noche, las prome
Quizás podría haber esperado todo eso, pero antes, en otro tiempo. Ya no.
Ahora sólo podía esperar que se le pasara la resaca.
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