martes, 16 de marzo de 2010

Malhu-mor

Por más que trato,

Por más que me rompa la cabeza buscándole la quinta pata,

Una cola o la cabeza a este gato,

No parece que haya luz

Que haga más claro lo que veo,

Que (me) declare más obvio lo evidente.

Es que no me importa si las mujeres gritan,

O si el suelo tiembla,

O si el pelo gira y baila al ritmo de no se qué jingle pasajero,

O de algún himno nacional.

Igual me emputecen las calles,

Y los autos que llenan las calles,

Y los gentiles idiotas que llenan los autos,

Y las palabras que llenan las bocas de los idiotas.

Me enchuchan las palomas que nutren con su diarrea plazas y cabezas,

Mi rubia cabeza, de lunes a domingo.

Ya odio problemas y soluciones,

Odio las jaquecas y las aspirinas.

No iría al bautizo de un hijo,

No iría al funeral de un amigo,

Solo aplastaría mi ego sensualmente contra el tuyo,

Sin pedirte (demasiado) permiso.

En fin, rezo y escribo,

imagino, sueño, pienso, hablo,

Creo, lloro, construyo, arrugo, gasto y malgasto cada puto verbo

Que se cruza conmigo en este mal camino,

En este mal día que se viene repitiendo,

Desde mucho antes de ayer.

lunes, 1 de marzo de 2010

Accidente laboral


Nadie conoce el día ni la hora de su llegada, pero ciertamente, la inspiración irrumpe como un flechazo envenenado y delicioso en el centro perplejo de los visitantes del mundo. De este modo ocurrió y ocurrirá siempre. De este modo se construyeron las torres que desafiaron los lindes del cielo. De este modo se ganaron las batallas más adversas que escribieran la historia de todos nosotros. De este modo se inspiraron ingenieros de estructuras y estrategias. De este modo y no de otro me sucedió a mí, cuando una bocanada de sueño me alcanzaba y demolía de un golpe la idea -ya borrosa- que sostenía de toda forma de vida sobre el escritorio.
La hora por entonces se escapaba groseramente de los márgenes de la media noche y el insomnio literario al final cedía los primeros palmos ante un trabajo estéril, acompasado por la luz cetrina que se escabullía de mi mezquina lámpara de estudio. Mi ensayo nocturno se proclamó vencido por las fuerzas de la naturaleza y dibujé una ostensible mancha de tinta sobre el cuaderno, el que horas atrás pretendí colmar con el jugo mismo de mi imaginación. La página en blanco (ya no impoluta) que se desplegaba frente a mí era la señal convenida: llegaba la anhelada paz y mis párpados tropezaban con la luz lentísima de la madrugada.
Entre las almohadas y las sábanas heladas me recriminé una última vez el no haber sido capaz de concebir un solo personaje, pero por más que el sueño me embriagaba crecientemente, no terminé de aceptar este fracaso como parte imprescindible del flujo natural de todo proceso creativo. Durante toda la noche me había sentido como un inválido, un inútil frente al vacío sustancial de mi creación. Este singular hecho, se me antojó semejante a mis primeras incursiones en debates con el sexo opuesto: mi mandíbula cuan desencajada como desencantada ante la verdad absoluta de mi incapacidad para prolongar una conversación más allá de los mínimos que exige la cortesía.
No supe qué decirle a mi futura obra, no supe cómo esbozar un simple borrador para las primeras líneas. Ni mencionar el desenlace de una historia que no fue, ni la esperanza o la algarabía de personajes que no existieron. Ni siquiera uno de ellos acudía en mi auxilio cuando una última bocanada de aire terminaba por asfixiar el insomnio que me había acompañado como un demonio fiel toda la noche. Fue entonces, cuando deambulaba errante a través de los empañados humedales del sueño, que apareció en la escena por primera vez: como una sombra apenas dibujada, apenas sugerente, que si bien apenas acreditaba los requisitos mínimos para trascender la barrera de los sueños, se grabó indeleble en la oscuridad de mi lecho.
Ahí estaba, altivo, insolente, casi traslúcido balanceándose suave sobre mi frente cansada, y sin lugar a dudas, como un obstáculo ineludible en el progreso de mi descanso. Toda la noche lo había invocado desde el insomnio sin éxito, a él, personaje escurridizo, a ella, inspiración impredecible, y ahora alzábanse burlones al alcance de mi reposo, dejándome muy en claro cuan insignificante fracción de los azares es la que en realidad depende de la voluntad y el esfuerzo de los hombres. Me reí de mí mismo.
Me incorporé y me instalé en mi despacho dispuesto a amanecer modelando a este ser maravilloso y vacío. La luz de la habitación se abalanzaba con escándalo sobre su silueta, eclipsándolo todo a su alrededor. El color de mi inmueble se opacó levemente. Al verme en el espejo que siempre vigiló mis decisiones estéticas, noté que la vida parecía evaporarse de mis ojos, lenta, espumosa, decidida, al tiempo que el garabato de luz que se levantaba frente a mí tomaba un color imposible.
Superada la impresión inicial que me provocó la parafernalia desplegada por mi personaje, me ungí en el humo sagrado de inspiración que manaba desde los vértices de mi pieza. En un segundo lo comprendí todo. La claridad y la lucidez son virtudes de penosa categoría si se las compara con la Verdad misma inhalada al amanecer. Comprendí que de hombre a dios, de creatura a creador, hay una sola distinción, una sola y crucial diferencia: todo depende del lado de la creación donde te estrelles.
Lleno de esta renovada y deliciosa soberbia me dispuse a crear. Lo miré a él resplandecer a contraluz y sentí una suave oleada de succión sobre mi mirada. Encantado, di la pincelada inicial. Quise sentenciar de una vez su antropomorfismo, y él (me dio a entender que siempre fue él) cobró el brío de un gladiador furioso. Su rasgo se dibujó con firmeza en los pómulos y con sublime belleza en la mirada. Las delgadas líneas a sus costados se desplegaron con alboroto y se hincharon formando pesados y musculosos garrotes por brazos. Un proceso idéntico sucedió con cada una de sus extremidades, las que ahora formaban una constelación incandescente a escasísimos centímetros del escritorio. Lo imaginé calvo, lo imaginé dueño de una barba misteriosa, pero su rostro lampiño brilló con ímpetu renovado, y una melena plateada flameó con fuerza al ser alcanzada por una ráfaga extraviada de su aliento.
Intenté repetidas veces ejercer mi soberanía mediante órdenes y delineamientos literarios. Si alguno de mis mandatos cobró vida en la figura de mi personaje, debo reconocer que fue mera casualidad. Mi grandeza creadora se cambiaba poco a poco por sumisa y expectante invalidez, y recordé vívidamente cómo me había sentido toda la noche, azolado por las pampas del insomnio. Tuve miedo. De pronto, se erguía frente a mí un dios griego, desnudo y perfecto, rotundo. Me dio a entender con la mirada que buscaba a un súbdito. Quise dejar en claro quién era el súbdito en aquel escritorio de amanecida y él esclareció cualquier duda con una terrible bofetada sobre mi rostro incrédulo. Un calor insoportable quemó la mejilla que amortiguó el golpe y la luz que escapaba de sus ojos me dejó ciego. Mi triste figura se inclinó cada vez con más violencia sobre el clímax energético de este Ades, este Poseidón, este Zeus terrible y vengativo que despedía rayos de odio y lujuria desde mi despacho, entre mis cuadernos, a primera hora de la mañana.
Quise despertar. Debí despertar entonces, empapado de un sudor frío, suspirando los últimos retazos de un mal sueño. Correspondía que esta historia acabara con la noticia de que todo lo sucedido no había sido más que una pesadilla, producto de la extenuante noche en vela, del mate, de los cigarros, o de la funesta combinación de estos factores; incluso aceptaría un final que planteara la idea de que yo nunca hubiera sido un escritor, o que bien nunca hubiese aprendido a escribir, explicándose todo porque un hombre de las cavernas, un chamán, tuvo una visión del futuro, una revelación boreal. Pero hace largas horas que perdí las riendas de esta narración y heme ciego, encerrado en el diamante que corona a un dios que jura conquistar el infierno. Y ya no puedo contener el miedo.

domingo, 6 de septiembre de 2009

A modo de despedida



Siempre te esperé
Pero nunca te vi llegar.
Hasta que un día olvidaste tu camuflaje,
Te despojaste de tus secretos y de tu ropa,
Y pude verte brillar en mis ojos,
Acabados vigilantes del pasado,
Pude ver tu balanceo en mis pestañas,
Que por vez primera no fueron más centinelas,
Sino amantes de la noche.
Pude verte desnuda en el agua,
Nadando entre mis brazos,
Y tú feliz, yo feliz,
Los dos excelsos, desde siempre,
Como nunca

¡Cómo amaba conversar contigo!,
Tus palabras tenían todo el peso de la realidad,
Y la ligereza de un espíritu impoluto.
Tu voz tenía algo de musical,
No algo, sino todo.
A veces desafinabas, sí,
Pero precisamente eso es lo que más me conmueve hoy,
El error salía de tus labios con una sonrisa tan cierta,
Y no podía sino mirarte y entenderlo todo.

Intercambiamos besos por complicidad,
Discusiones por entrega,
Cambiamos miedos por consuelo,
Y sueños por realidad.
Hipotecamos la vida por un proyecto juntos,
Y formamos el único mercado de valores que alguna vez entendí.
Siempre como niños,
Que niños se querían.
Mirábamos el futuro de la mano,
De cara a un frío que no alcanzó nunca a helar.

Aprendimos que al final,
Los compañeros importan más que los caminos,
Que la filosofía es una ciencia coja en los dormitorios,
Que la vida se compone de recuerdos
Y que los recuerdos no se hacen de vacaciones.

Y a modo de despedida te regalo este epitafio,
Que confesé a una servilleta poco antes de conocerte:

Cuando fuimos jóvenes,
Nos reímos de la muerte,
Y cuando fuimos viejos,
Nos reímos de la vida.

domingo, 9 de agosto de 2009

Hora punta

Aquí les dejo un cuento (término más bien generoso) al estilo de santiagoen100palabras...

Y ahora todos se vuelven sobre mí, me interrogan, me acusan y me destierran con una sola mirada. Es como si algo les facilitara la adivinanza, la hiciera cosa obvia hasta para el más estúpido en esta lata de sardinas. Bien puede ser por la distancia violadora que me separa del resto. Mi aliento debe confesarlo todo, el ritmo de mis latidos debe hacer vibrar todo el vagón en sintonía con mi secreto. Y el sudor de mis manos solo es aceite que lubrica el desenlace inevitable. Oh, ¡qué desagrado! Si todos aquí tienen algo que esconder.


martes, 7 de julio de 2009

Para columpiarse y decir alguna grosería al caer

Puedo aseverar, sin caer en grandes y tortuosas cavilaciones, que una de las enormes tragedias del mundo adulto es sin duda, la pérdida o el olvido de la costumbre de columpiarse en las plazas, o bien en el jardín de algún buen amigo muy afortunado. Esto, por parecernos el columpiarse un acto decididamente inmaduro, un síntoma inequívoco de falta de pudor.
Un adulto promedio diría que subirse a un columpio en una plaza con más gente, estando ya creciditos, no es solo una escandalosa manera de llamar la atención de quienes le rodean sino que además, una efectivísima forma de hacerse en extremo vulnerables a las críticas y demases repudios que esta “sociedad que nos es ajena y distante” quiera ofrecerle a un miembro díscolo y prescindible.
Antes de que mi tesis sea alimento para toda clase de injurias y de barullos, permítame explicar cómo puede llegar a compartir usted mi férreo convencimiento.
Lo primero es salir de su casa, ojalá en solitario, o a lo sumo, con uno o dos amigos más (las plazas con más de tres columpios por lo general son escasas y se podrá entender que no quiero transformar este pequeño ejercicio en una intrincada pataleta).
Recorra o recorran (usted juzgará la conjugación que mejor se asemeje a su caso) las cuadras que sean necesarias para alcanzar la primera plaza donde sea posible columpiarse. De ser un grupo de avezados, es buena idea amenizar la caminata con una liviana conversación sobre las economías de la vida. Una vez alcanzado aquel infaltable maicillo casualmente disperso alrededor de los columpios, es prudente cerciorarse de que las cadenas que sostienen el asiento no se encuentren demasiado invadidas por alguna clase de polvillo anaranjado (lo que algún académico indicaría seguramente como óxido) y que en su ausencia, todavía el más lejano de los eslabones se encuentre convencido y bien sujeto de aquel gancho que se clava en lo altísimo del travesaño.
Ya superada la examinación técnica de este desafiante medio de transporte, es posible proceder a ocupar vuestro espacio sobre aquella –generalmente helada- superficie fabricada en madera, o bien, de un fierro pintado con una singular paleta de colores, la que cualquier experto en pintura solo aceptaría como legítima obligado por una nostalgia irremisible a sus días de niño.
Decídase a subir. Olvídese de lo ridículo que podría parecer un adulto sobre un columpio de talla infantil para esa gente de la plaza, quienes quizás podrían conocerle a usted o respetarle por su vasta trayectoria profesional o bien por su agradable vecindad burguesa. De ser este el caso, sírvase a caminar otras tantas cuadras hasta encontrar una plaza con columpios en un barrio donde su reputación no pudiera sufrir semejante jaque.
Ya sentado sobre el columpio, se hace preciso –para que pueda usted vencer la inercia inicial y comenzar a columpiarse- que dé dos o tres pasos hacia atrás, siempre (esto es importante) cuidando de permanecer sobre el asiento, y luego, en un acto de fe, doblar las rodillas hacia atrás y perder cualquier contacto de nuestro calzado con el suelo. Déjese caer. Se avanzará ahora en sentido contrario y con notable presteza, uno o dos metros desde la posición anterior, alcanzando un ángulo idénticamente opuesto al que mantenían las cadenas respecto al eje vertical. En ese momento preciso, no antes, no después, extiéndanse las piernas enérgicamente. Este movimiento le permitirá variar su centro de masa y con esto, generar un desplazamiento levemente mayor que el primero.
Repítase esta simple coreografía una y otra vez, pudiendo introducir ciertas variaciones – como doblar las piernas acentuadamente hacia atrás cuando se encuentre en la fase primitiva del movimiento– con el fin de acrecentar el efecto acelerador. Quizás sea este movimiento uno de los mayores culpables de que las personas renuncien a columpiarse una vez alcanzado cierto nivel de conciencia sobre sus actos.
Es muy importante que se cuide de no tocar en ningún momento el maicillo con la planta de los pies. Solo concéntrese en alcanzar altura y velocidad.
Cuando sospeche que es miedo el sentimiento que lo conmueve (bien camuflado, puede pasar por una simple risita nerviosa), detenga el rítmico baile que sostiene con sus piernas paralelas y déjese frenar por el simple roce de su cuerpo con el aire. Cuando se vaya acercando, como un péndulo cansado, al punto muerto de su trayectoria, que no se le olvide ahora sí rozar sus pies con el suelo, surcando hondas y emocionantes zanjas en el maicillo. Si no se está columpiando uno en solitario, es común competir para ver quién es el que logra erosionar las mayores variaciones topográficas en el terreno.
Ya detenido completamente, dispóngase a emprender un nuevo vuelo, esta vez sin los titubeos de la primera vez y con la energía y la determinación de quien sabe que ha dominado a una poderosa bestia.
Tome velocidad sin miedo. Juegue con la altura de su sombra y llénese de emoción cuando su mirada sobrepase por primera vez el travesaño del columpio. Concéntrese en su audacia y sea autocomplaciente por unos pocos minutos al día. Sí, es usted un héroe que se alza victorioso sobre aquella silla borracha. Que su entusiasmo se refleje en un balanceo cada vez más efusivo, que se vuelva este desafiante y tangencial para con las fuerzas gravitatorias y la prudencia de cualquier madre preocupada. Sienta y goce cómo por primera vez su trasero se separa infinitos centímetros del asiento y su cuerpo solo se mantiene en este planeta gracias a la firmeza con que sus manos se agazapan a la vida. Deje que esa avalancha vesubiana de hormigas se apodere de su estómago y que de ser un correcto hombre de escritorio, se transforme ahora en un visceral e indomable adicto a la adrenalina. Que el éxtasis que subyace en la repetición sistemática de estos vuelos mortales, que desde hace pocos segundos experimenta usted, lo sumerja en profundas y vitales reflexiones tales como "lo frágil y a la vez recilente que puede llegar a ser nuestro postergado niño interior".
Si por medio de la meditación, no logra usted alcanzar conclusiones de esta categoría, prepárese a cometer la más apasionante de las imprudencias de este deporte: relaje sus muñecas cristalizadas y suéltese en el momento justo. Dibujará usted una hermosa parábola (téngase cuidado de que esta se proyecte hacia delante y no hacia atrás) que concluirá, en la mayoría de los casos, con sus palmas incrustadas de decenas de molestas piedrecitas de maicillo, y un coraje adquirido a prueba de los mayores desafíos del futuro. Vuelva a iniciar todo el proceso descrito las veces que sean necesarias hasta que se convenza usted de que todavía es un niño cuando vea sus rodillas destrozadas por un rasmillón, sofocadas en aquel ardoroso polvo de maicillo, y no sea capaz de reprimir las ganas de invocar a su madre una vez más.

lunes, 18 de mayo de 2009

Guía para el turista

A partir de las cinco de la tarde, cuando la vida se reactiva tras la juerga de la madrugada pasada, será difícil ocultar el asombro al observar a los callejones mientras corren libres entre la luz de las pupilas y los aromas afrodisíacos que afloran a cada segundo para ajusticiar a cuanto amante torpe pusiera pie en la ciudad. Es cuando escapa el polvo que levantan los caminantes de sueños, polvo que normalmente alcanza las narices de todos los transeúntes sin lograr entrometerse en las vicisitudes de quienes han llenado sus minutos con frutos de la tierra y joviales noches de verano. Así transcurre la tarde en la ciudad: no habrá un solo reflejo, olor, sonido o roce que no se haga siervo de los hombres, y que no haga suya la búsqueda del placer de las personas.

Tras un breve diálogo con las sombras, el sol vaticina que ya es la hora de dormir y suele esconderse en vasijas que cuelgan desde cada viga del casco histórico, procurando siempre mantener el aire del lugar tibio y liviano, y dejando escapar un suave brillo en caso de que algún hombre descuidado hubiese extraviado algo más que su tiempo en aquella boca de perlas.

Ya en la noche, la vida se redirige a sus plazas de greda, desde donde se observa como en ningún otro lugar del mundo a aquella gloriosa galería de astros y espíritus que parecen inclinarse infinitamente, logrando el fascinante efecto de rozar con sus mejillas la copa de una selva que ha vendido su alma por clavarse en el corazón de aquellos muros sin memoria. A la luz de los luceros, los ciudadanos comienzan sus festejos y beben agua en enormes cantidades hasta que se confundan los sentidos y caigan de improviso borrachos sobre la acera. Ahí es cuando se escuchan fabulosas óperas de la boca de aves que solo migran cuando han agotado su repertorio de música docta y cuando su público es incapaz ya de dar un solo aplauso.

Pasan las horas, llega la mañana, llega el calor y se diluye la densa niebla que brotaba desde cientos de alientos inconcientes, y se podrá apreciar también cómo, tras un suave terremoto, la ciudad esboza un renacer y las aves y los hombres y todo el mundo marcha religiosamente a sus hamacas de lino, esperando a que den nuevamente las cinco y el infierno en sus cabezas se apague o simplemente colapse con sus vidas.

martes, 28 de abril de 2009

El primer llanto

El viejo Iba llenando caja tras caja con silencio y viejos recuerdos. Desnudó cada muralla. Organizó una reunión social para los muebles de la casa y los cubrió a todos con una sola mortaja blanca. Sin mayor cuidado, fue desgajando librero tras librero y todos los libros de una vida quedaron sepultados en viejas maletas sin remitente. ¿Todos? No. Dos rebeldes, escondidos en el clóset, cruzaban sus solapas rogando al cielo por un golpe de suerte, un descuido fugaz que los salvara de lo inminente. En un acto de imprudencia, el menor de los dos se puso en puntas de página y miró al viejo entre las rendijas. El mayor lo imitó sin vacilar. Segundos más tarde, Camus y Kafka derramaron sus primeras lágrimas, y conmovidos por la expresión de un rostro humano, se entregaron al viejo sin caer en palabrerías existenciales.


sábado, 25 de abril de 2009

Bosques circulares

(De querer leerlo, hacer doble click en la imagen)

sábado, 7 de marzo de 2009

Tibia admiración


Mi viejo tocadiscos comienza a dar vueltas lentamente. El vinilo encierra una voz y tras un comienzo dubitativo, alcanza las anheladas revoluciones y al fin libera aquella voz que tanto quería escuchar. Aquella voz suave y amarga, como el mate, aquella letra enorme y descarada, como el clamor de una nación herida, aquella guitarra compañera y sin duda, lejana de los viejos conservatorios de música. Esto es música libre, no música docta ni académica. Suena Víctor Jara.Un aroma amargo y tibio escapa cual voz encerrada en la bárbara caldera de mi mate. El aroma (quizás como la voz) escapa del cuerpo y busca alcanzar su pequeño destino olfativo y aferrarse al extenso territorio del recuerdo humano. A cada segundo que pasa, el aroma (y la voz que grita) se diluye y roza la eterna extinción, se acerca al absurdo e irremediable futuro. Pero vale la pena el riesgo, más vale morir de pie que vivir de rodillas, como dijera algún iluminado. El aroma espera y desespera hasta que al fin alcanza mi nariz (y aquel grito, oh, mi recuerdo), me acaricia, me envuelve y me seda. Se ha salvado. Yo al fin devuelvo aquel aroma a su frágil y efímera existencia en un soñoliento bostezo, como en un homenaje a un héroe de guerra. Está bueno el mate pero esta chupada me sabe a sangre.He repetido este pequeño rito de vida, muerte y exhumación varias veces esta tarde. Esta suave tarde de septiembre, tan inocente y clara que se ve desde aquí, bajo los parronales. La brisa ocupa su territorio y alivia la pesada atmósfera que me atosiga, pero hace días que no hay volantines en los cielos. Apenas hay aves jugueteando. Algo sucede. De cuando en cuando un estallido irrumpe la paz de la tarde. De cuando en cuando, una ráfaga, una balacera colapsa el silencio como un movimiento terrible de orquesta sinfónica. Y a estas irreverentes interrupciones no le sigue el delicado aroma de la yerba mate, sino el aroma cobarde de la pólvora, que corre y escapa. Se diluye, se oculta.De nuevo, la brisa, libera la atmósfera del pesado olor del plomo, pero es ineficaz en cuanto a liberar mi conciencia, mi corazón de mi pasado y mi futuro. No hay nada que hacer la verdad. Solo esperar y dejar que el reloj recorte estos días horribles. Y Jara que apela desde el tocadiscos, busca una sonrisa cómplice, y me dice que vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se le pone negra, y el sol brilla, brilla y brilla, el sudor le hace surcos, él hace surcos a la tierra sin parar. ¡Cómo podría negarle una sonrisa a ese hombre, aunque poca es la complicidad que yo puedo ofrecerle ya!
Esta mañana lo vi. Entre aquella multitud, protagonista de un oscuro soliloquio. El Príncipe lo quería ver de nuevo, quería humillarlo, recordarle su inevitable fracaso. El Príncipe me ordenó que lo buscara y que se lo llevara a las graderías de arriba. Como él decía, quería recordarle a ese hijo de perra marxista, a ese asqueroso cantor de pura mierda, qué es lo que pasa cuando no se le responde a un oficial del ejército lo que esta preguntando. ¡Como si no lo hubiese dejado bien claro ayer! El Príncipe entonces caminaba y analizaba cuidadosamente la eterna fila de reos. Eran cientos, tal vez miles. De pronto se detuvo y miró fijamente a ese Jara. Yo pude apreciar la paz y la energía que irradiaban esos ojos magullados, ese jaguar herido. Me imagino que el Príncipe apreció lo mismo. “¿A quién mierda creí que mirai así, comunista conchetumadre? Jara no contestó. ¿No te vai a dignar a responderme, terrorista analfabeto? ¿Ah?”. Jara, analfabeto, Jara el poeta, Jara el director de teatro, el músico, analfabeto. Jara no le respondió, mas endureció la sien y lo apuñaló con la mirada. De un culatazo el Príncipe lo derribó. Comenzó a patearlo en el suelo, la pateaba la cara con sus pesadas botas, frente a todos los presos, frente a niños, mujeres, frente a sus compañeros. Aún está fresco el sonido de esos golpes. Sentí asco de mi superior al ver el odio que le sangraba por los ojos, mientras hundía su dura autoridad sobre el cuerpo indefenso de Víctor Jara. Cuando al fin se cansó de golpearlo, Jara tenía la cara roja de sangre, la boca rota, y su mirada buscaba la altura desde una cruel losa que difería del infierno sólo en la temperatura de la calefacción. Esta era una condena helada. El Príncipe le decía:”Eso te pasa por equivocarte de ideología, hijo de la puta comunista que te parió. ¡Voy a buscar a esa puta de mierda y la voy a hacer chillar de dolor mientras me la culeo frente a tus ojos sucios, tus ojos asquerosos!”. El Príncipe le dio por última vez con la culata en las costillas y partió mientras jadeaba.Si bien la paliza que presencié ayer escapaba groseramente de los límites de lo aceptable en cuanto al trato con los prisioneros, tuve que partir a buscar a este pobre hombre. Es una lástima que los patrones de humanidad y comportamiento honorable ampliamente divulgados en años pasados se hubiesen aferrado a las aulas de la academia militar y decidieran no salir jamás de allí, a la práctica, para enternecer un poco estos corazones forjados en acero.Cuando me acerqué a su sector, en la galería sur del Estadio Chile, noté inmediatamente que sus amigos intentaban esconderlo. ¡Cómo hubiera deseado no encontrarlo a él! ¡Cómo desearía no encontrarlo a él, y alejarme desentendido! Pero no, ahí estaba, detrás de unos cinco hombres que me miraban aterrorizados. ¡Cómo desearía no haber escuchado en mi cabeza el rigor de mi juramento militar! Nos miramos a los ojos y lo miré con infinito respeto. Jara me comprendió y se separó de la multitud. Mientras caminábamos, tomé un pequeño riesgo y le dije en voz alta que luego le llevaría algo para comer y lo lavaría dentro de lo posible. Después mantuvimos silencio, pero la conversación no cesó. Con la voz calla de mi semblante le confesé el asco con el que había tenido que acatar órdenes estos últimos días. Le conté cómo me habían engañado. Le supliqué que me perdonase, le grité en silencio, casi llorando que yo no tuve otra opción de surgir que meterme al entonces honorable Ejército de Chile. ¡Viva Chile mierda! ¡Mi querido país que jura velar por las noches a sus hijos pero le llena la mente de pesadillas a un estadio entero! ¡Y como si no le bastara con llenar de pesadillas y terror el sueño de sus ciudadanos, ahora decidía extrapolar esta singular política a la vida de los despiertos!Juro que vi en sus ojos casi reventados un asomo de complicidad, de precautoria amnistía. Indulto.Caminamos. Yo iba tras él y miraba sus manos atadas en su espalda. Esas manos que conservaban la herencia de cuanta generación que no hizo otra cosa que cavar surcos en la tierra. Manos que habían transformado en poesía y mensaje todo un sentir popular. Yo miraba cómo se balanceaban sus manos atadas, como un péndulo que espera un golpe seco, como la corteza que espera el áspero abrazo del hacha. Dos compañeros vieron que me acercaba con el cantor Víctor Jara y vinieron a apresarlo entre sus cuerpos. Uno le pegó muy fuerte con la mano en la nuca. El otro lo escupió en toda la cara. “Mira quién llegó, el preso más famoso de todo el Estadio Chile. ¿No cree que se merece un trato especial el huevoncito? Ya va a ver don cantor lo que le espera.” El rostro de Jara permanecía inconmovible, sin reacción alguna ante los oscuros pronósticos que aventuraban los grises pilares de ese infierno.Entramos en el cuartel del Príncipe. Tomaron a Víctor, lo desataron y lo sentaron en el escritorio. “Ya Víctor, cántanos una romántica balada y si quieres me puedes dar un besito en la mejilla también. Ya Victor, ¿qué te pasa? ¿Por qué no respondes? ¿No fui lo suficientemente claro ayer Víctor? ¿¿No fui lo suficientemente claro huailón marxista de la misma mierda?? El príncipe le dio una fuerte bofetada a Jara y le tomó las muñecas. Rojas, átale las manos. Quedé paralizado. ¡Ya pues Rojas carajo!¡Átele las manos antes de que oscurezca, pendejo inútil! No podía perdonarme esto, estaba amarrándole las manos a Víctor Jara. Mientras lo hacía y me odiaba y juraba que no me perdonaría nunca, pedí a Dios que no me hiciera participar de esto, que no podría, ¡Señor ayúdame! ¡No me metas en esto Diosito! El Príncipe miraba a Jara con la cara de un perro rabioso. Se le agudizaba su desagradable mueca de poder con cada grito. No podía ser que ese ser repulsivo haya sido un niño indefenso alguna vez. Alguna vez fue una criatura de pecho. ¡Probablemente hizo la primera comunión y míralo ahora! ¡Qué hijo de puta!¡Qué hijo de la grandísima puta!El Príncipe dio el primer culatazo en los dedos de Jara, y un grito de dolor retumbó en todo el estadio, un grito desgarrador que me derribó con su poderosa onda expansiva. El Príncipe golpeó de nuevo y no paró de golpear las manos de Víctor durante varios minutos. El Príncipe le devoraba las manos a culatazos y parecía que no se detendría hasta acabar con su tiránico plato de comida. No hablaba al comer. De vez en cuando daba un respiro y miraba a Jara, quien tenía la cara desfigurada por el dolor y sollozaba.Esto no era un interrogatorio. El Príncipe no esperaba que respuesta alguna saliera de la boca de Víctor. No, esto era odio puro, odio contra el pueblo reunido en una persona. Un rito de ultraviolencia con un único fin a la vista.De nuevo gritos y más gritos y el Príncipe que reía a carcajadas y gritaba: “A que no vas a poder tocar guitarra después de esto guapito. Conchetumadre guapito, ¡cómo deben dolerte las manos!” Seguía golpeando y golpeando, Ya no quedaba mucho de la forma de las manos, más bien eran masas de piel amoratada, pálidos huesos a la vista, sangre vencida. Los ojos de Jara en blanco y el labio que le tirita, otro golpe y otro golpe. Qué diría la madre del Príncipe al ver como el pequeño niño de su vientre gozaba y lloraba de felicidad e ira al destrozar a culatazos las manos del mayor cantautor que haya engendrado este país. ¡Que lindo el pibe, que crecidito está! Mira como juega a la tortura y a la muerte, si solamente ayer meaba la cama todas las noches. Por instantes Jara parecía inconciente pero era simplemente incapaz de evadir la realidad. Era incapaz de caer en la inconciencia, en la muerte que le ofreciera algún tipo de sueño. Algún anestésico. Él simplemente estaba ahí, solo, en la oficina del Príncipe, mientras le mutilaban lentamente las manos, solo él y una decena de militares de su país que quizás cuantas veces corearon la Plegaria para un labrador. Hermanos de patria. ¡Viva Chile Mierda! El Príncipe se levantó y fue detrás de la silla de Jara. Le pegó en la cara, le metió los dedos a los ojos. No había límites, no para el Príncipe, el dóberman del Estado, él no conocía fronteras a la hora de tratar con la escoria marxista, amaba servir a su país. Continuaba la barbarie. El Príncipe hizo un gesto con la mano. Un cabo raso le metió la mano en la boca a Jara, buscaba su lengua. Jara lo mordía y lo mordía pero al final la firme mano de mi compañero pudo más y logró capturar a la esquiva lengua del genio. Le brillaron los ojos al Príncipe. “¿Te gusta como cantas Jarita? ¿A la puta de tu madre le gusta como cantas? Déjame decirte una cosa Jarita, odio cómo tocas la guitarra, pero tu voz…¿¿acaso nadie te enseñó a cantar otra cosa que no fueran poemas de puras mierda?? ¡Te faltan huevos como los que tengo yo, comunacho de la puta que te parió!”El príncipe desenvainó el corvo. Mi Dios no puedes permitir esto, apiádate de Víctor, ¡¡mi Dios has un milagro mi Dios!! Los ojos de Jara se perdieron y al fin cayó inconciente cuando el corvo del Príncipe de deslizó cortando los primeros filamentos de la lengua del genio. La sangre manaba descontrolada de su boca así como la risa de la boca del Príncipe. Hasta el más cruel de mis compañeros rasos enmudeció mientras el Príncipe jugaba con la lengua de Jara en el escritorio. “Oiga Jarita, si me pongo su lengua voy a cantar igual de lindo que uste’ pue? ¿Me voy a transformar en un cerdo comunista? Le dio un golpe con la culata y Víctor se desplomó de su silla, sobre el suelo ensangrentado. El Príncipe se limpió la sangre de las manos con un pañuelo, se puso de pie y ordenó su uniforme. “Muchachos, dejemos a este pobre hombre solo un rato, necesita descansar” -dijo el Príncipe en una burla a la vida sin nombre, un arrebato de la más cínica humanidad que pueda expresarse. Todos dejamos el cuartel, el Príncipe a la cabeza. ¡Cómo le pondría un balazo en la nuca a este cerdo asqueroso! ¡Cómo le molería a culatazos esos huevos de los que tanto habla el canalla!
Un aroma amargo y tibio escapa como una voz encerrada en la bárbara caldera de mi mate. El aroma (quizás como la voz) escapa del cuerpo y busca alcanzar su pequeño destino olfativo y aferrarse al extenso territorio del recuerdo humano. A cada segundo que pasa, el aroma (y la voz que grita) se diluye y roza la eterna extinción, se acerca al absurdo e irremediable futuro. Pero vale la pena el riesgo, más vale morir de pie que vivir de rodillas, como dijera algún iluminado. El aroma desespera y desespera hasta que al fin alcanza mi nariz (y aquel grito, oh, mi recuerdo), me acaricia, me envuelve y me seda. Se ha salvado. Pero no Víctor, no se salvaron esas manos, no se salvó esa voz, no se salvó esa vida del garrote del Gigante. Cayó el jaguar herido y esta vez yo no puedo devolver aquel grito a la garganta que fuera desgarrada cien veces por la vida antes que por los militares.Se me acaba el agua caliente, la yerba ya está algo lavada. El aroma amargo del mate todavía no se diluye por completo, sus gritos tampoco. Nunca lo harán.Poco es lo que recorta el reloj a estos días horribles. Aún suena y clama, Jara mártir, Jara grabado en un vinilo, que no es guitarra de ricos, ni cosa que se parezca, mi canto es de los andamios para alcanzar las estrellas.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Algo así como el fin

La cierto es que ya no hay verdad,
Ya no la hay pura ni alba ni oscura...
En realidad, las mentiras cuelgan como ropa sucia,
Y las mandamos a la tintorería de haber tiempo.
Contempla las nuevas mentiras al amanecer.

Tú sabes que sólo podemos contar las estrellas que titilan desde el suelo,
¿Acaso la ciudad furiosa se ha convertido en nuestro único cielo?
¿Acaso Dios ocupa una silla hecha en China,
y vela entre nosotros por una nueva humanidad que no fue tan tonta como para perder el paraíso?
Da igual,
Si al final las luces se apagan porque suben las cuentas.
Y hay menos plata para pagarles a las putas,
Y a los mandatarios de las altas cumbres,
Y a los artesanos que fabrican suntuosos regalos para mandatarios,
Y baratijas autóctonas para que los turistas alemanes les saquen una foto y se lleven una postal de la patagonia.
Y no alcanza la plata para botar el Nacional y hacerlo de nuevo,
Habrá que conformarse,
Con un baño para señoritas y que el resto mee donde le quepa su hombría.
Y si hay menos plata para pagarles a las putas,
Para cuando estas regresen a sus hogares y se vistan de madres cariñosas,
Habrá gritos de hambre y femicidas infantiles enfurecidos,
Y los diarios se llenarán de titulares repetidos,
Y el femicidio dejará de ser la novedad para esta Navidad,
Será algo así como el fin de la profesión más antigua de la historia.
Rodará la cabeza de algún edil que haya planteado la idea de cerrar las puertas de su comuna,
A las santas madres abnegadas y sacrificadas que han perdido la vida,
Luchando codo a codo contra la desigualdad y la falta de oportunidades.
Será entonces cuando estos últimos dos versos saldrán de los labios
Del candidato populista de turno,
Quien me acusará de plagio intelectual,
Y tendré que terminar mis versos secándome en la cárcel,
Y se me habrá acabado la vida,
Y no habré contado nunca hasta el mil trescientos,
Y no me habré atrevido a robarle un beso a esa mina en esa micro aquella vez,
Y no le habré cambiado nunca los pañales a mis nietos,
Ni a mis hijos ni a mis hermanos,
Ni a mis padres ni a mis abuelos,
Y tú sabes que da igual,
Si al final las luces se apagarán porque subió la cuenta de la luz.


(Y no podremos siquiera contar las estrellas que titilan desde el suelo).

domingo, 28 de septiembre de 2008

Teper dono

Te quiero perdonar…

Por acercarte a conocerme con las peores intenciones.

(¿Era un bar de Suecia?)

Te quiero perdonar,

Por drogarme sin previo aviso,

Entretenerme un rato,

Hasta que mi conciencia se transformara,

En la de un chimpancé ebrio,

Y mi recuerdo en un vacío rotundo.

Te perdono (en serio),

Su bien me desperté al otro día

Desnudo en una plaza anónima,

De una ciudad anónima,

Sin llaves, sin billetera, sin auto, sin memoria,

Con un chichón en el ojo

Y una herida cortopunzante en una nalga.

Y te perdono por la pulmonía que me agarré…

Te perdono,

Y sólo te pido que estés conmigo,

Incluso podría tranzar con uno que otro de tus vicios oscuros.

Te perdono todo,

Porque eres la persona más importante de mi vida.

sábado, 10 de mayo de 2008

¿Paremos?

No dijo nada más. Ni nada menos. ¿Paremos? Fue la sutil sugerencia que fría y descarnadamente venía a destruir mis anhelos más fútiles, o quizás los más trascendentes, quién podría decirlo la verdad. ¿Paremos? Sólo le bastarían siete condenadas letras, un resoplido, una señal con las manos para eliminarme de su vida. ¿Paremos? Y ella tan cómoda en la desvinculación que esto trae como consecuencia. Ella seguiría en lo suyo, bailaría con muchos otros hombres probablemente menos patéticos y desesperados que yo, pero mi realidad sería sustancialmente distinta. Deambularía como una abeja ciega de flor en flor, buscando el polen sin demasiado éxito. No lo entiendo, puede ser que mis brazos y piernas no se muevan en el ritmo preciso de la canción, puede ser que mi conversación con su suave y perfumado oído derecho no sea la más divertida o la más provocadora, pero ¿cómo puede ella estar segura de que no soy yo esa persona que la querría como nadie más puede quererla? Nadie amaría su baile como yo, nadie amaría su compañía como yo, nadie amaría hablarle suavemente al oído como yo. Con su ¿paremos? , me envía impostergablemente de vuelta al mundo egoísta que me reclama en calidad de pertenencia prescindible. No sé para qué, pero igualmente me reclama, como un niño aburrido que ve jugar a su hermano con un autito de madera que le pertenece y reclama su pertenencia, aún disponiendo de todo un baúl de juguetes fabulosos para jugar. ¿Paremos? Y la fantasía de su sexo se viene abajo, todo el deseo de la noche (quizás hasta de la vida) se frena en un golpe seco de realidad. Porque al querer parar ella no me está diciendo que está cansada o que le duelen los pies por haber bailado toda la noche con tacos. Realmente no la noto demasiado cansada y ni siquiera está usando tacos. No soy tan estúpido. No. Ella, haciendo uso de esta pregunta como un suave anestésico, me dice que no valgo la pena, que bailó conmigo motivada por una lástima absolutamente humana, que en todo caso ya se acabó y no habrá más solidaridad conmigo esta noche. No de su parte al menos. De todas formas, lo que más me perturba de todo esto es que ella me plantee su deseo de suprimir mi existencia en forma de una pregunta a la cual le pueden seguir básicamente dos respuestas, como una sugerencia a la que puedo hacer caso o derechamente desechar. Aunque para sus fines sólo le sirve mi confirmación, mi consentimiento, y yo soy un ser libre en la teoría y podría perfectamente negarme a dejar de bailar, ella sabe que como todo animal con la moral herida, yo nunca pronunciaré otra cosa sino la confirmación de mi mediocridad, de mi futuro inestable y solitario. Paremos. Eso es lo que debería decir sin más rodeos, ¿o no? Para poner fin a estas reflexiones agónicas, a este espacio definidamente tenso que existe entre mis ojos y los suyos, entre boca y boca. Paremos. No. Había que inventar un buen final, un beso, por canalla, por cruel y preciosa. Un beso eterno que no duraría más que el segundo que ella se demorara en reaccionar y regalarme una cachetada geométrica y precisa en la mejilla que siempre acerqué a su oído perfumado para justificar con alguna anécdota fuera de lugar el hecho de que siguiera bailando con ella. Mi mejilla que había tomado su olor fresco, y que ahora me daría otra deliciosa razón para recordarla por un tiempo. Y creo que ya olvidé cuanto tiempo hace que me preguntó si quería que dejáramos de bailar y me parece mucho mejor así, que sienta un poco de ansiedad, aunque sea producto de esta situación tan desfavorable para mí. ¿Paremos? ¿Paremos? Suena como un puñal que se hunde suave en mi pecho. ¿Paremos? Si quiere que pare ella, porque yo no tengo interés alguno de parar. Nunca voy a parar. ¿Para qué voy a parar de bailar? Para volver al destierro. Para firmar la sentencia. ¿Paremos? Cuando me mira temblando y me pregunta porqué le he dicho todo esto al oído.

lunes, 24 de marzo de 2008

Aprendizaje

Cabros, le vuelvo a dar un poco de vida a mi blog con este modesto poema matemático.

Cálculo I: 1+1=1 (Los dos juntos existimos como uno)


Cálculo II: 2-1=0 (Sin ti yo no existo)


Cálculo III: 1+1=√-1 (El amor es algo imaginario)


jueves, 22 de noviembre de 2007

Vocación Social

Amigos, les dejo esta pelá de cable. Un homenaje a los nunca bien ponderados escaladores. No se la tomen muy enserio...

Un necroictiófilo recién llegado del viejo continente, muy ofuscado, se empeña en encontrar a alguna persona a costa de la cual saciar sus deseos filantrópicos. No es que aquella persona deba cumplir rigurosamente un atado de normas y condiciones para que el necroictiófilo pueda llevar a cabo su solidaria misión, simplemente sucede que nuestro amigo el necroictiófilo no está en su día, no encuentra la inspiración, y si bien percibe el tránsito de cientos de peatones que pasan por la esquina de Lyon con Providencia, no alcanza a percatarse de que podrían ser potencialmente la solución, la respuesta que entibiara sus anhelos de humanidad. Vencido, el necroictiófilo se retira y desaparece entre multitud de maletines, celulares y diarios de la tarde. No se sabe nada de él por espacio de cuatro o cinco días.
El necroictiófilo regresa a la esquina de Lyon con Providencia, esta vez convencido de que en el esfuerzo y la perseverancia yace camuflada la tranquilidad de sus anhelos. El cambio de mentalidad de nuestro amigo el necroictiófilo consigue rápidos dividendos y en cosa de veinte minutos, el necroictiófilo paga la micro de dos estudiantes, una pareja de dudosa sexualidad y siete oficinistas de baja jerarquía. En las siguientes dos horas, nuestro amigo el necroictiófilo ayuda a tres ancianas y dos ciegos a cruzar la ajetreada y ancha Providencia; previene a un grupo de vendedores ambulantes de libros pirateados de la llegada inminente de funcionarios fiscalizadores; impide el asalto a una joven actriz teatral y haciendo gala de sus dotes atléticos, taclea a otro lanza que corre a toda velocidad con la cartera de una dama ya entrada en años bajo el brazo. El necroictiófilo declara en la fiscalía tercera de Ñuñoa a favor de un electricista que mató a cinco perros vagabundos en defensa personal. También declara en la Sociedad Protectora de Animales como testigo en contra de una niña que tras una pataleta, ha dejado tuertos a dos mandriles en el zoológico metropolitano.
Exhausto e inmensamente feliz, nuestro amigo el necroictiófilo se retira y desaparece entre multitud de maletines, celulares y bocas abiertas.
Nuestro amigo el necroictiófilo regresa a "la oficina" con las primeras luces del día y al final de la mañana ha llenado tres bolsas y fracción de colillas de cigarro. Por la tarde, luego de llevar al hospital a una adolescente con crisis de pánico y a un comerciante que cayó en shock por razones desconocidas, decide tomarse un descanso de seis minutos y medio para cavilar y filosofar sobre su futuro. Se le ocurre que su servicio social evolucionaría a un nuevo nivel de humanidad si pasara las noches recorriendo las calles de Providencia y Bellavista ayudando a jóvenes borrachos que evidencien algún grado de desorientación, a llegar sanos y salvos a sus casas. Una noche, en plena faena de rescate, recibe una golpiza por parte de un grupo de vendedores ambulantes de rasgos antisemitas.
Una semana después, nuestro buen amigo el necroictiófilo ha entablado graciosas amistades con tres carabineros de la séptima comisaría de Providencia, un comerciante de papayas y un centenar de jóvenes que le han prometido suculentos regalos en dinero y ropa (y ha hecho encarcelar a por lo menos cuatro vendedores ambulantes de especies robadas o falsificadas).
Nuestro amigo el necroictiófilo, hace buenas migas con el alcalde, quién le ofrece un puesto en la Corporación Pro-Videncia, una entidad que busca desarrollar la vida cultural y deportiva de la comuna, y a su vez, alejar a los jóvenes de las drogas y la delincuencia y brindarles apoyo sicológico y asesoría laboral.
Se dispone a dirigir un club deportivo enfocado a jóvenes deportistas con paranoia y/o trastornos maniacos depresivos, en sus divisiones de fútbol y fábrica artesanal de cerveza (si bien nuestro amigo el necroictiófilo se pregunta qué es lo que tiene esta última actividad de deportiva). El éxito de sus dirigidos en la liga de fútbol especial del sector oriente de la región metropolitana, y el estrepitoso fracaso de sus cervezas artesanales en el cuarto festival de la cerveza especial de Villa Alemana, más su incansable voluntad de mejorar la calidad de vida de las personas -ya no de esta comuna de la capital, sino de fronteras más ambiciosas- (y el renombre que dos meses de servicio social pueden lograr), lo llevan a dirigir un emergente conjunto de fútbol de la tercera división.
El trabajo con su equipo rinde frutos, pero es extenuante, y nuestro queridísimo amigo el necroictiófilo está muy cansado de los largos periplos nocturnos, por lo que decide renunciar a su labor solidaria en las calles de Providencia y Bellavista por las noches (además, en su opinión, los jóvenes han madurado mucho en este tiempo, fruto de las charlas y consejos que les ha brindado, y no cree probable que estos vuelvan a beber alcohol en exceso).
Luego de reponerse de una pequeña crisis vocacional quizás provocada por la caída de su equipo en los cuartos de final del campeonato o por el incremento en las tasas de delincuencia en las comunas de Providencia y Recoleta, nuestro querido amigo el necroictiófilo se convence de que en la perseverancia y la resiliencia yace camuflada la trascendencia y la inmortalidad, y decide que quiere ganar la Copa Libertadores. Con este nuevo determinismo, y la loable manera en que logra traspasar éste al rendimiento de su equipo (ya ascendido a primera división), se le ofrece un contrato por cuatro años como director técnico de la Selección Nacional de fútbol. Él acepta, bajo la condición de que se le permita llenar al menos doce bolsas de colillas de cigarros por mes.
Nuestro querido amigo el necroictiófilo clasifica a Chile al Mundial de Sudáfrica, lo gana y se le ofrece la nacionalidad por gracia. Comienza una brillante carrera política, es elegido presidente y logra el desarrollo para Chile en el año 2018, que según él, es la verdadera fecha en la que se cumple el bicentenario de la independencia; por el contrario, habría obrado de otra forma a lo largo de su vida para alcanzar el desarrollo de Chile en el 2010. Podría haber adelantado su establecimiento en Chile o incluso podría haber adelantado la fecha de su nacimiento en las lejanas tierras visigodas.
Nuestro presidente el Necroictiófilo, luego de una serie de coimas escandalosas a gran parte del Senado, cambia en forma radical la constitución y se atribuye poderes ejecutivos, legislativos y judiciales, los que más tarde evolucionarían en atributos divinos. Nuestra Alteza, el primer dios madurado en Chilito, promueve con alevosía la migración de cientos de colonias Necroictiófilas, para que colonicen las farmacias del país. Tras una cantidad considerable de medidas populistas, quizás respondiendo un poco a su viejo sueño filántropo, su Majestad el Necroictiófilo cierra las fronteras y pidiendo ayuda a la comunidad Necroictiófila asentada en Chile, comienza el holocausto más grande del que haya sido testigo el mundo moderno, asesinando a sangre fría a diez y ocho millones de chilenos, sólo dejando con vida a una minoría con fines administrativos, para puestos de baja jerarquía, o con la finalidad de utilizarlos como mano de obra en sus más diversas empresas; desde los fervorosos trabajadores que demanda la producción masificada de jabón y toda clase de productos cosméticos hechos a base de salmones y corvinas muertas, hasta los dedicados científicos que requiere su programa de manipulación genética en atunes de Isla de Pascua, con el fin de lograr la perfecta cruza entre la raza Necroictiófila y el desarrollado pez otrora enlatado.
El Emperador del Universo, nuestro querido amigo y colega de rasgos mesiánicos, el Gran Necroictiófilo del Tiempo y el Espacio decide que ha cumplido su misión, y se sienta en un escritorio enchapado en oro y pescados muertos. Escribe su biografía en dos páginas de literatura mediocre y desestilizada, y decide regresar al viejo continente, donde sus aventuras se mantienen en el top five de las listas más prestigiosas de Barcelona hasta el día de hoy.



Por si no lo saben, del latín, necro significa muerte, ictio significa pescado y filia, gusto o pasión.

viernes, 16 de noviembre de 2007

La mejor juventud

"Ahora sólo podía esperar que se le pasara la resaca."


Como escapando del asedio de un demonio, a quién trataba de esquivar en convulsas piruetas sobre la almohada y la cama (gracias al cual podría decirse que el sueño fue en vano, intranquilo), abrió los ojos, inmersos en aquel caos de chaquetas, camisas, cuadernos, papeles, billeteras y difusos recuerdos conservados en alcohol. Dormía con ropa. Levantó la cabeza y el cuerpo brevemente, como para tantear tímido un campo minado, y en pocos segundos cayó ingrávido sobre la cama y la almohada. Aún estaba mareado, tragó saliva y casi vomitó del asco al sentir el dulzón saborcillo del ron impregnado a su garganta. En un esfuerzo titánico, se puso de pie de golpe, se aventuró hacia la puerta, se colgó de la manilla, y dejó la puerta abierta para ventilar la pieza (a su madre no le gustaba sentir el ácido olor a trago fermentando en ninguna habitación de la casa, es una casa decente). Decidió prolongar su odisea por el pasillo hacia el baño, hasta al espejo que le revelaría gentil su patética imagen. Se mojó la cara con ambas manos, tomó una aspirina y optó por volver a su malograda guarida cuanto antes. Pensó que ya no podría dormir, con la caña, el ruido de la casa y todo, y prefirió tocar algo de guitarra tapado por las sábanas hasta al pescuezo. A los pocos segundos, se arrepintió de haber tomado la guitarra, y prefirió mantenerla como un simple estorbo curvilíneo entre su cuerpo y la pared, cual si fuera esa deseada mujer que jamás había puesto un pie en aquella cama.
Lentamente la resaca florecía, interrumpiendo un par de cortos episodios de sueño liviano y percepción alterada, los que lo mareaban infinitamente. La resaca florecía ya no tan tímida, sino como brutal flor primaveral, reclamando su cuerpo, quizás aún su alma (pacto con el diablo)… primero su estómago en truenos y tifones, luego su esófago en oleadas de acidez, la garganta en cascadas de saliva que lo mantenían visitando el baño con urgencia a vomitar lo poco y nada que de la noche anterior aún se mantenía llenando su estómago, y la cabeza, clavándole cientos de agujas frías y largas en la frente, atravesando impávidas el cráneo, de un solo crujido las meninges y penetrando suaves la materia gris como si fuera mantequilla (el desayuno).
Sólo la inoportuna visita de una tía y su consiguiente saludo desde el pasillo a su lecho de muerte le recordaron que había olvidado cerrar la puerta, dejándolo en vitrina, como a un mono en una jaula (concurrido zoológico). Balbuceó unas palabras en respuesta y dobló con fuerza la almohada contra su cara, apaciguando en alguna medida el infierno que se vivía en su cabeza y su estómago vacío. Los ataques de vómitos aún persistían pero pasado el quinto o sexto de dichos ataques, comenzó a hacerles caso omiso y se contentaba simplemente con eructar esperando resignado que no escapara algún residuo rebelde de bilis por su boca cristalizada.
Seguía borracho, tenía que ir a misa, le gritó a su madre que no iría, que estaba cansado, buscó el sueño (o la inconciencia) durante algún rato más hasta que encontró media hora de tregua entre las doce y las doce y media.
El sueño (sí, soñaba) se mezclaba con las dudosas percepciones de unos ojos parcialmente cerrados, en un desenfrenado frenesí surrealista que terminó por asustarlo y echarlo a patadas de la cama hasta la ducha.
El asado transcurrió de manera casi normal con el detalle de que no probó bocado y fue blanco de las burlas de sus primos mayores y algunos sagaces primos menores durante gran parte de la celebración. A la hora de los postres recuperó algo de su apetito y se sirvió mucha fruta y helado de vainilla, con un cierto orgullo, sintiendo gota a gota ese pequeño atrevimiento bajar por su garganta (al fin no más ron) que calló (menos mal) el “te tomaste hasta el agua de los floreros” que se disponía a salir de la boca de un tío bueno para la talla.
Se despidió victorioso de todos y le dijo a sus padres que iría al cumpleaños de un amigo, sí, una completada en su casa, sí, los papás iban a estar (estoy cansado de que me traten como a un pendejo), no, no vuelvo hasta la noche.

Seis de la tarde y se destapaban botellas de cerveza brindando entre hot-dogs imaginarios y un asado de vidrio. Seis y cuarenta, nuevas botellas desfilaban, eso era el paraíso, demasiado tiempo alejado del cobijo que proporcionaba esa leve embriaguez, las carcajadas, los amigos, las bromas y las siete veinte y los discursos, los aplausos, se acabó la cerveza, no importa hagamos hora para abrir los destilados, y eso que todavía no empezaba la lluvia de declaraciones grandiosas, las revelaciones, uno que otro lloriqueo. Esos se escupían con dos piscolas encima.
Las nueve y cinco y hora demás para comenzar la parte interesante de todo este asunto, demostrar la hombría con el pasar victorioso de cada vaso, algunos “on the rocks” , otros apenas teñidos por cocacola, cada uno a su ritmo y las diez y un abrazo entre los cabros que los quiero tanto, el sonar de campanas de cristal y el vaso al piso, pero no importa queda un tercio de botella y sucumbió el primero que yace al fondo de la piscina (tranquilos, está vacía, suerte que no empieza aún la temporada estival, aunque un poco de agua amortigua bastante bien las caídas). No le pasó nada, sólo una rodilla pelada y le va a salir un chichón y parece que estoy soñando entre dos brazos de mujer y una percepción alterada, me marea hasta el infinito pero no importa, me dejo conducir, me obligan a vomitar, me causa gracia cómo la conciencia se aleja y no vomites la cama huevón por favor, si es un rato nomás, cuidado yo le pago al taxista, mañana arreglamos cuentas y fin de transmisiones.

Despertó intranquilo, le pesaba la conciencia y se le veía notoriamente sofocado por el frenesí (la embriaguez y los sueños en plena cópula), su mente en blanco, (la puerta cerrada) la guitarra contra la muralla sería la única mujer cercana a sus piernas por mucho tiempo más y el sabor dulzón del ron frente a los papás (¡y este olor a trago!) (¡Esta es una casa decente!) Te cachamos (es martes pos huevón). Castigado.




domingo, 21 de octubre de 2007

Cinco y un desaparecido

Otro cuento...

Con trabajo y alevosía me bajé de aquel auto y cerré la puerta, cuidando, quizás en forma desmesurada, de no arruinar la interpretación de mi personaje y su fingida sobriedad, eso si, antes me despedí efusivo de aquella alma caritativa que se había detenido en un semáforo lejano, sintiendo quizás compasión por mi pesado caminar nocturno y ofreciéndome acercarme un poco a mi casa. Gente como ella falta en este mundo, sobre todo a estas horas de la noche – pensé mientras caminaba los helados metros desde el puente a la vereda de Santa María, lugar que había seleccionado para esperar la milagrosa aparición de otra alma caritativa sobre cuatro ruedas. Hacía frío y yo había salido como si fuera una noche de verano. Iba a caer a la cama enfermo y me lo merecía.
Ya habiéndome instalado, si es que levantar mi brazo y mi pulgar derecho hacia la calle puede llamarse una instalación, pasó un meche, el cual, envuelto en una frenética carrera y haciendo sonar el motor al límite de sus revoluciones, dudo que se haya siquiera percatado de mi solitaria existencia. – Hijo de puta –pensé con rabia. Ojalá choques por andar así de copeteado y alumbrando tu súper auto último modelo. El auto en cuestión dobló en la siguiente esquina, frenando de súbito, y quemando la goma de sus poderosos neumáticos, aceleró raudo hasta que se perdió de vista. –Qué imbécil –dije entre balbuceos cuando no lo vi más.
Por espacio de unos veinte minutos no hubo auto, moto, camello, peatón o trineo que se asomara amistoso desde el puente hacia mi paradero, o al menos mis ojos… que a esas alturas se cerraban ya solos, pesados y en franca rebeldía hacia mis intenciones de llegar a dormir a mi querida cama y de no conformarme con el asilo de la fría vereda… mis ojos no percibieron movimiento de objetos por el estilo.
– Quizás me convenga caminar hacia mi casa nomás, total a este ritmo…No alcancé a terminar de pronunciar aquellas palabras cuando aparecieron de la nada dos luces amarillas y un bocinazo que casi me bota de espaldas al piso.
– ¡Súbete huevón! –se escuchó una voz familiar mientras se bajaba el vidrio de la ventana del auto. Atiné a dar una fugaz inspección al auto y sus ocupantes: estaba lleno, a lo que rápidamente se apretaron un poco y me hicieron un espacio en la fila de atrás. Al fin me subí y cerré la puerta en forma algo estrepitosa; esta vez no pretendía fingir sobriedad. –Toño, ¿qué haciaí parado ahí a esta hora? –vociferó Pancho, casi imperceptible entre los gritos de los demás y el volumen altísimo de la música. – ¡Tení una suerte impresionante huevón! –agregó desde el asiento del copiloto su hermano. –Sí, es verdad… gracias por parar, en serio se pasaron. –fue lo único que se me ocurrió responder. – ¿Vai pa’ tu casa no? –preguntó Pancho. Asentí con la mirada. Quién lo diría, los hermanos Nuñez me habían rescatado de una caminata de pronóstico incierto, y por enésima vez me llevaban a mi casa.
– Pa…parece que alguien me quiere vivo y me cuida caleta –dije por decir algo. – No seai mamón huevón –respondió el mayor de los Nuñez. Esta vez opté por el silencio y simplemente dejé la mente en blanco.
– Hace calor acá adentro –dijo alguien. En la radio del auto sonaban los Doors y el auto avanzaba bastante más ágil de lo que me hubiera gustado, cuadra tras cuadra, entre carcajadas, bromas y pura jovialidad. …La cagó pa’ estar buena esa mina, la Feña…sí huevón te juro que la próxima vez que la vea me la agarro. Vo po’, al que le va mejor con las minas…demás huevón, si te la jugai… –dije como por inercia... y entre carcajadas, cada cahuín y pura jovialidad, llegamos al cruce de mi calle con Santa María. Dije que mejor me bajaba ahí, entre carcajadas, que mi casa quedaba muy cerca y que el camino hacia Lo Barnechea por mi calle era un poco más largo que si seguían derecho. –Tú estai loco que te vamos a dejar sólo así como estai… ay si no estoy tan mal huevón, con suerte, un poco más borracho que tú… quién sabe si te violan en la esquina y ni te dai cuenta. Mira que estos barrios son re peligrosos, dijo alguien irónico, posiblemente yo. Y entre carcajadas…te llevamos a tu casa.
– De nuevo gracias cabros. Les debo un favor.
Cuando llegamos a mi casa me bajé del auto tranquilamente, les di las gracias por novena vez y miré cómo el auto que había salvado mi noche y quién sabe si algo más, se alejaba trepando por la Gran Vía hacia Lo Barnechea, hasta que pasó la curva y no los vi más. – Uy…que lata, se me quedó la chaqueta en el auto, puta madre tenía la billetera ahí…bueno me la pasará Pancho el lunes. Y de nuevo estaba ahí, esa satisfacción, esa sensación que había soñado durante horas, mi cama al frente mío y yo dentro de ella, dejando atrás el ruido, la calle, el frío y la maldita vereda una vez más…¡anda más lento huevón que puede venir un auto en contra y nos vai a matar a todos! Me sumergí gustoso en la muerte del sueño, en el juego de apagar la vida por algunas horas. Venga la amnesia, era lo mejor que me podía pasar en este momento…– ¡Fele! ¡Fele responde! ¡Pancho! ¡Germán! ¡Despierta imbécil! Mierda, no pueden hacer esto, ¡no huevón aguanten! ¿Qué hago? ¡Mi cabeza!... El confort corría como un tibio licor por mis venas hacia los rincones más olvidados de mi cuerpo, hasta que terminó por embriagarme y sucumbí feliz.
…¿Viste las noticias? ¿Lo del accidente en la Gran Vía? Sí. Un mercedez contra un 206. Qué pena más grande, y tan jóvenes los chiquillos. Qué tontera, matarse por el carrete, el trago y la imprudencia. Sí, fueron cinco y un desaparecido. Y fue acá, pasada la curva. Ay que miedo me da por el Toño, cuando sale en la noche, no tengo idea cómo se vuelve. No es tan idiota, se volverá en taxi, siempre anda con plata, o por último él sabe que nos puede llamar. Sí, tienes razón. Hablemos en la cocina que podemos despertarlo…

sábado, 6 de octubre de 2007

Para andar en bicicleta

En honor a Cortázar y su célebre Manual de instrucciones, les dejo este pequeño manual explicativo para andar en bicicleta, en una ciudad ajena y hóstil para los dos pedales como lo es Santiago.


La verdad sea dicha y es que a la hora de moverme de un lugar a otro, por ponerte un ejemplo, de mi casa al mercado o de la iglesia al bar, prefiero confiar ciegamente en mi bicicleta, antes que en el azar de las calles y la buena voluntad de algún conductor, o que en alguna desvencijada y atochada micro, que pasan tarde, mal y nunca, y te ligan inexorablemente al humor tropical y folclórico del conductor. Prefiero la bicicleta, que corre rauda a todo el poder de mis piernas, burla ágil cada obstáculo, crece mi cuerpo, llora la piel, grita la herida dolorosa cuando me caigo, por fortuna, algo que no pasa muy seguido.
Para andar en bicicleta, primero debes mentalizarte y olvidar cualquier idea previa que pudieras tener sobre el manejo de este móvil. La bicicleta no requiere de un equilibrio excepcional, sólo de un poco de confianza en velocidad al partir, mientras empujas con infantil entusiasmo esos pedales hacia delante y abajo, y acompañas su suave rodeo con tus piernas en continuo pedaleo, casi siempre de pie. Una vez dominada la difícil técnica de partida, y superada la emoción de los primeros metros, se debe proceder a estabilizar el móvil. Esto se hace balanceando el peso del cuerpo hacia atrás de tal manera que el trasero tope, esto sin gran escándalo, y se pose lo más cómodo posible sobre el asiento, de manera que la pierna izquierda quede a la izquierda del asiento y la derecha a la derecha de este. Otra posición de las piernas en relación con el asiento puede complicar en demasía el pedaleo. Otro detalle a considerar a la hora que se busque mantener un pedaleo estable es encasillar la vista fija hacia delante y en el camino o ruta a seguir, ya que distraerla de esta por esos hermosos y perfectos senos que trotan rítmicos acercándose hacia ti, puede traer nefastas consecuencias como lo es la imperiosa caída por que no viste ese árbol, ese niño, ese triciclo, esa suegra, ese abogado, ese zapato, ese chamán que pasaba quizás tan distraído como tú por el camino que pretendías seguir.
Para que la bicicleta cumpla su objetivo en forma íntegra, el de transportar, y pase a ser algo más que un simple obstáculo visual para los automovilistas, es necesario seguir hasta el final la ruta a destino, con todos sus vaivenes, dobleces, vueltas mortales y acantilados, esto sin dejar de pedalear por espacios de tiempo demasiado prolongados en relación con la pendiente del camino, para que la bicicleta no se detenga, y con esta el movimiento y traslado de tu cuerpo hacia el lugar de destino. Por ahora sigue pedaleando y no te distraigas mucho. Una vez que pasadas varias cuadras, te sientas todo un hábil conductor y que establezcas contacto visual con tu destino, debes apretar los frenos (esas manillas sobre el manubrio) suavemente, cuidando de no presionar solamente el del lado izquierdo, lo que conllevaría a una posible caída de bruces (de lo más estrepitosa) en los más variables suelos y terrenos y la adquisición definitiva de ese miedo característico de quienes fallaron en el intento por aprender a controlar sus corceles y de ese respeto excesivo por la bicicleta y sus bondades, lo que te alejaría de ella, sino es por el resto de tu vida, por un buen tiempo, hasta que sientes cabeza y te des cuenta que no es socialmente aceptable no saber andar en bicicleta, no tener una linda y colorida en la casa guardada y no sacar el auto cada vez que quieras salir, aunque sea por dos cuadras.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Novela sin retorno

Les dejo este cuento recién salido del horno.



Escondíase el sol bajo el mar cuando Fernando, novela en mano, por fin pudo sentarse con relativa comodidad en su sillón predilecto, ese que miraba por la ventana hacia el jardín y la playa, entre lustradas repisas, persianas blancas, tapices, alfombras importadas, y lo más importante, cobijado por aquella paz que solía serle tan esquiva. Se movió hasta encontrar la postura perfecta, la que no le perturbaría la lectura con calambres, roces o cualquier otra clase de caprichos de un cansado cuerpo en contacto con el tapiz. Era necesario estar cómodo para leer, para poder internarse verdaderamente en las líneas de su novela, para poder vivir la tinta de aquellas páginas como si fuera su vida misma. Además, para Fernando era necesaria una tranquilidad casi utópica para que las páginas de su novela no avanzaran en vano, para sentir que sábado y domingo habían llegado al fin y al cabo, para convencerse de que estaba en su casa en la playa, y que la oficina, la ciudad, el ruido, las interrupciones y el resto del mundo habían quedado atrás, transformándolo en una isla solitaria hasta el próximo lunes.Ya instalado, tomó sus anteojos y abrió la novela, como quien respira luego de haber estado varios segundos bajo el agua. Abrió la novela y la miró con detenimiento. Examinó las letras impresas, palpó la calidad del papel, sintió el olor del empaste, y el correr de sus dedos ágiles por sobre el borde de las primeras páginas, las inútiles páginas de datos, de editorial, de comentarios extensos, de nulo interés para el lector, hasta llegar al comienzo del primer capítulo. Sus ojos se movieron por las primeras líneas, torpes y oxidados. Leyó la primera página sin convencerse mucho de la historia, o de lo que a esas alturas podía asomarse de ella. Leyó las siguientes dos o tres páginas con igual conclusión. –Otra de esas novelas descriptivas que pueden gastar un capítulo entero en el retrato de la oreja izquierda del protagonista sin sentir algo de compasión por el lector –se dijo mientras avanzaba a la página siguiente. Impaciente, su frágil atención se desvió hacia los lejanos ruidos de la casa, ruidos que eran sofocados en gran medida por las murallas y puertas, pero que aún se mantenían perceptibles para el oído atentísimo del lector que no encuentra el hilo de una narración. Podía escuchar a su señora hablar por teléfono, a su hijo Pablo jugar a la pelota en el jardín, a la empleada preparar la comida para la noche, y sin ir más lejos, podía escuchar a su propio cuerpo modular los sonidos propios de la respiración y otros de procedencia menos ortodoxa.Decidió volver a centrarse en lo que verdaderamente le importaba: saberse absorto en un vertiginoso relato que por lo usual era mucho más interesante que el que podría contarse de su propia vida. Se lanzó esta vez, un poco más decidido hacia la lectura, y le pareció que las páginas comenzaban a correr con mayor velocidad, la pareció sentir cómo su ambiente atenuaba sus estímulos, casi acercándose a su ansiada extinción. –Desaparece mundo, vuela lejos. – dijo, tratando de emular en algo a las metáforas y expresiones que acababa de leer. Lógicamente, no se permitía más que un par de segundos para hacer estas apreciaciones complacientes, no fuera a ser que perdiera el hilo de la historia.Su mirada se había perdido, su rostro palidecía, Fernando desaparecía de la habitación y se adentraba en dimensiones menos sosas y predecibles. Fernando volaba. Fernando se balanceaba plácido entre palabras bien escogidas, expresiones perfectamente acabadas, páginas agotadoras y algún respiro. No había tiempo. Fernando era inmaterial, inalcanzable, omnisciente, ¡sabía tanto más que el pobre protagonista de aquella historia! Le habría gustado detener la novela, hablar unos segundos con él, para ayudarlo, para evitar alguna encrucijada, algún paso irreversible para este. Fernando comprendía la historia tanto mejor que el escritor, no, Fernando era el escritor, mejor aún, Fernando era dios.– ¡Fernando se enfría la comida! –se escuchó una voz gritar desde el otro lado de la casa.Súbitamente volvió a la habitación, y sintió cómo su atención se enfriaba de un solo golpe.De mala gana respondió: –Guárdenme comida que ahora estoy ocupado. Poco le importaba si su excusa sería aceptada por el resto del clan familiar, lo suyo era tanto más importante. Debía volver.Tomó un respiro, y emprendió nuevamente la lectura, sin antes contemplar complacido la cantidad de páginas que había devorado en ese rato.Esta vez retornó al universo de las letras mucho más rápido que cuando había empezado la lectura, y en cosa de minutos se vio a un Fernando dividido en cuerpo y alma: el cuerpo, añejo y sudoroso, atado al sillón, a la casa, a su familia, al trabajo, a la vida que él mismo había elegido y soñado; y el alma volando alto por los vaivenes emocionales del protagonista, sus aventuras y desventuras, su tiempo eterno, su aire inagotable, su fin de semana de días que no pasaban.Fernando estaba tan absorto en su lectura que no se percató de la visita de su hijo menor a su santuario de libros, repisas, sillón y viaje. Un Matías, quién no tendría más de cinco años, miraba a su padre sin entender qué le sucedía, acaso este jugaba a contener la respiración, jugaba a hacerse el muerto, acaso había muerto realmente. Se oyó en la pieza su voz infantil, temblorosa, casi quebrada:– ¿Papá?... ¿Qué haces?... ¿Estás bien?... ¿Papá?Fernando se contuvo ante esta segunda misiva del mundo real, el que parecía no tolerar que su gente se fuera a otras dimensiones así como si nada.– ¡Papá! ¿Qué haces? –dijo Matías, con una voz tanto menos tierna que antes.– ¿Qué pasa hijo? ¿Que no ves que estoy ocupado? – dijo Fernando, con la voz más elevada de lo que le habría gustado.– Eh…nada…yo quería…yo quería saludarte. –respondió Matías.– Está bien hijo, dame un beso y anda a la cama, que ya es tarde –sentenció Fernando. Su libro lo seducía de vuelta a sus páginas, y si bien no era tan tarde, era hora suficiente como para que el pequeño Matías no armara un escándalo por la orden. Matías no se movió y se quedó observando cómo su padre volvía a leer, y se extrañó que el color de su piel se diluyera a medida que pasaban los segundos. Matías sólo lo miraba, sin entender un ápice de lo que sucedía.Fernando, quien no había podido concentrarse del todo debido a este ente extraño al santuario, que lo perturbaba, se detuvo.–Matías, ¿no te dije que fueras a la cama? –dijo Fernando.–Quería saber qué haces –respondió el pequeño.–Leo Matías, luego podrás hacerlo tú también, cuando te lo enseñen en el colegio.Matías no respondió, a lo que su padre decidió volver a la lectura. Sentía cómo una droga recorría sus venas, esta historia que lo absorbía y lo abstraía por completo.Matías, en su ingenuidad, dejó pasar algunos minutos antes de volver a hablarle a su papá, mientras lo contemplaba.– ¿Qué significa “leo”? –dijo el niño, destrozando nuevamente la concentración de su papá.A lo que Fernando ya fastidiado en demasía por las interrupciones le respondió con brusquedad: –Leo, viene del verbo leer, que es una forma de olvidarse del mundo que suele molestarnos e interrumpirnos (mira de reojo a Matías), y esto se hace tomando un libro y mirando y entendiendo lo que dicen sus palabras. Casi siempre funciona. Ahora por favor, ándate y acuéstate o llamaré a tu mamá.Fernando dudó sobre si había hecho bien en hablarle así a Matías, pero al ver que este dejaba la habitación se sintió satisfecho y se olvidó del asunto.El niño, quién pareció comprender lo que su padre le quiso decir, lo miró, se detuvo un segundo y salió por la puerta corriendo.–Por fin. –dijo aliviado. Contempló desilusionado las escuálidas páginas que había avanzado en esta última hora de lectura y dudó sobre la calidad de la comprensión que había realizado sobre estas mismas. Decidió volver a leerlas, esta ves con mayor determinación que antes. Necesitaba terminar. –No me importa perder la cabeza gracias a los libros, es tanto mejor que la realidad.–dijo, acordándose del Quijote.Su mirada se había perdido, su rostro palidecía, Fernando desaparecía de la habitación y se adentraba en dimensiones menos sosas y predecibles. ¡Ojalá no volviera Matías, ni la comida, ni los ruidos de la casa, ni mi malestar estomacal! –pensó. Fernando volaba. Fernando se balanceaba plácido entre palabras perfectamente colocadas, expresiones perfectamente acabadas, páginas agotadoras y algún respiro. No había tiempo. Alguien podría volver para interrumpirloEbrio de letras, como estaba, no se percató de la nueva llegada de su pequeño visitante, quién afirmaba un colorido libro con su delicada manito y se plantó frente a él.Fernando había alcanzado su ansiado escape, el esperado éxtasis, su única preocupación era qué sería de él cuando su novela terminara. Qué desgracia más horrible, no podía terminar, no podía volver.Creo que me va a gustar leer. –pensaba Matías mientras contemplaba a su padre maravillado. Había entendido y asimilado las palabras que le había dirigido antes. Olvidar. Molestar. Tomar un libro y entender las palabras que están escritas. Leer y viajar. Vuelo.– ¡Papá, léeme un cuento! –exclamó varias veces Matías mientras le extendía su libro a Fernando. – ¡Papá! ¡Papá! –gritó el niño desesperado al ver que su inanimado padre no pretendía volver.
Las frías manos de Fernando cedieron y la novela y su nuevo personaje cayeron estrepitosos a los pies de Matías.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Declaración de amor de un inca perdido en el tiempo y el espacio

Cuando vuelven al recuerdo,
Viento y desfiladero,
Cornisa, sol y nieve,
Y el eco de mi alma puliendo a la roca que da abrigo,
No puedo sino sonreír y mirar al este.

Cuando regresa a mi memoria,
La luna más obstinada de mil cielos,
Con su velo de nube a contraluz,
Y mis labios llorando la deuda del beso,
No puede sino, la nostalgia regresar.

¿Cuándo volverán a la vida,
El paso de arriero y su cabalgar,
El trote curtido del chasqui,
El silbar del viento que el eco no ha de olvidar?
¿Cuándo volverán, cuándo?

Lejanos son los días,
Que se han perdido en tus valles y caprichos,
Lejano el calendario,
Que una vez del juego nuestro fue testigo.
Tú cordillera, roca, hielo y noche.
Yo niño, salto, rima y bagual.

Atado estoy a tu existencia,
Y debo regresar cuesta arriba,
Rumbo al momento, rumbo al encuentro.
Ya sólo en ti mi chasqui se libera.










jueves, 23 de agosto de 2007

Parque Forestal y otros

Les presento este microcuento apropósito de que hace un par de semanas se abrió el popular concurso de microcuentos "Santiago en 100 palabras".Aprovecho de explicar un poco en qué consiste un microcuento, para aquellos que no entiendan bien cual es la gracia de escribir dos líneas (muchas veces de relativa coherencia) y tildar eso de "cuento" o de "texto". El microcuento es un texto literario de corta extensión (desde un título más un par de palabras hasta un párrafo de media página) que tiene la gracia de que no alcanza a desarrollar a cabalidad una idea, dándole un rol mucho más importante a la interpretación que el lector pueda darle. Muchas veces son sólo acontecimientos enumerados, y por lo general no son muy descriptivos.
Sin aburrirlos más, les presento estos microcuentos que escribí.

Parque Forestal

¿Creís que mañana nos va a ir igual de mal? –preguntó el lanza.
A lo que el caballo de Botero respondió: –Más te vale que no.


Camino al paradero (Intento Nº265)

No sé bien por qué, pero cada vez que camino por Recoleta hacia el paradero, me siento pronto a pasar una eternidad en aquel lugar. Tal vez el aroma de las flores me lo recuerda. Tal vez sean los estudiantes de medicina profanando tumbas…de todas formas esperaría una eternidad esta micro que no pasa.


Reclamo

¡Estos jueces no saben nada de nada! Llevo años mandando microcuentos a este maldito concurso sólo para ver cómo los escritos más mediocres son aclamados por la prensa. No saben lo que es bueno… ¡nada de nada!


domingo, 19 de agosto de 2007

El rehabilitado

Acá les va un cuento que escribí hace un tiempo. Ojala se entienda bien.

Yacía como un peso muerto sobre una cama a la que sólo fue a dar gracias al benévolo azar, estando perdido en medio de una turbulenta secuencia de hechos que una vez despierto le harían morderse los labios de pesar y arrepentimiento. Yacía inmoral y miserable, yacía como un cordero en el matadero. Cualquier cosa menos inocencia cruzaba por el espacio entre sus dos cejas: era culpable de alcoholismo calificado y de idiota en primer grado con las atenuantes de minoría de edad y una familia bastante ingenua. Sentía como su cabeza se estrujaba de dolor por la caña, hecho que le ayudaba a mantener viva la convicción de que nunca más en su vida tomaría. – Tengo que dejar este vicio asesino –dijo al despertar, mareándose al pronunciar cada letra. Puedo sentir como mi cuerpo se ha destruido gradualmente, y puedo ver claramente como mi futuro se nubla, y estoy seguro que de esas nubes no caerá precisamente agua, sino más alcohol, jeringas, pistolas, autos no catalíticos y prostitutas. Pero aún no se nubla, estoy seguro que si detengo esto hoy, podré vivir mañana, aunque sea con un respirador artificial, una mina muy comprensiva o cualquier otra clase de salvavidas. Lindos ideales y convicciones que quizás con esfuerzo llevaría a la realidad, pero nadie le quitaba el asqueroso sabor dulzón a trago que sentía en su garganta, nadie le quitaba la sensación de humillación y ya nadie podía quitarle su dignidad, claramente extraviada algunas horas atrás, en pleno festejo. Nunca había deseado con tanta animosidad, triste animosidad, que su presente se hiciera pasado y el futuro lo suplantara. Pero al momento, sentía el tiempo distinto, casi inválido, agonizante. Las manecillas del reloj se movían a razón de imperceptibles saltitos, en una eterna orgía de engranajes, alargando el inmundo presente hasta horizontes insospechados. Pero el cruel tiempo parecía correr más lento sólo para él, y el mundo comenzaba a exigirle de vuelta una otrora lúcida presencia productiva y bilingüe. Su madre le dijo que debían ir a hacer algunos trámites, y que volverían en un par de horas. –En un par de horas… -dijo y se río sarcástico. En un par de horas quizás ya me haya desintegrado. Era otro de los costos de abusar del alcohol, había que continuar con la vida, y a esta parecía no importarle que unas pocas horas antes él haya estado a punto de caer inconciente en alguna calle perdida de Providencia.
–Tengo que dejar este vicio, inutiliza mis fines de semana, causa una patética impresión mía en la gente, cuesta dinero y está destruyendo mi cuerpo. Pero me causa una sensación tan agradable, ese hormigueo en la cara, esa ligereza, ese olvido, y es tan rico… ¡no! Mira a lo que he llegado, ¿hace cuanto tiempo que no aprovecho la mañana de un sábado? ¿Hace cuanto tiempo que tengo que fingir lucidez durante todo el domingo? Basta con mirarme la cara y fijarse en esas tremendas y oscuras ojeras que descubren mi problema. Es triste a lo que ha llegado mi vida, mi semana entera gira en torno al fin de semana, pero llegados estos santos días no hago más que autodestruirme. Podría decirse que mi vida entera gira entorno a autodestruirme. ¿Acaso hace dos o tres años me habría imaginado así? ¿Qué pasaría si mi yo de cinco años me viera ahora, dejando de lado por algunos momentos la ingenuidad y la niñez? Debo dejar esto, debo dejarlo.
Hablaba como si fuera la primera vez que hacía estas reflexiones reveladoras.
Unas lágrimas de lástima y nostalgia cayeron suavemente sobre su mejilla y fueron a morir para siempre sobre su chaqueta. Su semblante enseñaba un desasosiego profundo y un vacío aparentemente perpetuo. Sus ojos, si bien estaban abiertos, habían perdido aquel brillo, aquel sutil resplandor que diferencia a los vivos de los muertos. Se paró, se detuvo un segundo y se arregló un poco para salir con su madre a hacer esos condenados trámites.
Pasó una semana tranquila, sin ningún acontecimiento fuera de lo usual. Su malestar estomacal y anímico persistió hasta el lunes o martes, el miércoles ya había recuperado algo de su tropical y cambiante apego por la vida, el jueves ya se habían achicado bastante sus ojeras y el viernes salió por la noche, con la diferencia que no bebió una sola copa. El sábado una sobredosis le robó para siempre ese brillo de los ojos.


martes, 7 de agosto de 2007

Taller literario

Eran alrededor de seis estudiantes reunidos en la biblioteca, en torno a una mesa y en torno a Felipe, el joven profesor de literatura. El motivo que los congregaba era la celebración semanal de su taller de creación literaria, que ocurría, si la fortuna y el calendario estaban de acuerdo, cada martes, después del colegio de los estudiantes y después de medio día de dudosas actividades por parte de Felipe.
Felipe era sin duda, un tipo cuanto menos, enigmático. Su rostro algo pálido y una barba incipiente delataban su juventud, quizás de unos veinte y cuatro o veinte y cinco años. Sus manos se retorcían en curiosas contorsiones acompañando sus discursos y explicaciones, sin detener nunca un extraño temblor, algo parecido al pulso que presenta un anciano o al de un hombre que ha bebido unas cuantas copas de más. Sin embargo, era un hombre inteligente, de indiscutible talento en cuanto a lo que letras se refiere y que buscaba inculcar en sus alumnos la misma pasión por la escritura que seguramente él sentía arder en su corazón.
- Hoy hablaremos de la intertextualidad –dijo con su típica expresión ansiosa a los atentos alumnos del taller. La intertextualidad –se le escuchó decir - es la referencia que se le hace a un texto desde otro texto, como es el caso de aquellos cuentos que contienen otros cuentos o historias en su interior. ¿Se entiende? A modo de ejemplo les contaré esta pequeña historia.
-En la Edad Media, existía un hombre llamado Nicolais cuya esposa tenía la singular característica de ser poseedora de un insaciable apetito sexual. Nicolais, preocupado por que su esposa podría estar pecando de lujuria o algo por el estilo, decidió que ambos visitarían a un sabio fraile para pedir consejo. Fueron a ver al hombre de Dios, le contaron su problema y esperaron una respuesta. El fraile le dijo a Nicolais que tendría que hablar en privado con su esposa. Obviamente el inmoral fraile se había dado cuenta de la ventaja que podría tomar a partir de la situación y unos meses después cuando Nicolais lo volvió a visitar con la noticia del misterioso y aparentemente promiscuo embarazo de la otrora sexópata mujer, se le iluminó el rostro y le dijo que estaban en presencia de un milagro: su esposa había sido tocada por el Espíritu Santo, cual Virgen María y que debían sentirse simplemente bendecidos y dichosos.
-Creo que ahí podemos encontrar una clara intertextualidad con la Biblia- dijo un agudo alumno.
-Exactamente. Bueno, ahora para continuar con el taller, leerán un fragmento de la clásica novela “Las Mil y una Noches” que yo mismo escogí, apropósito del uso de la intertextualidad como un recurso literario- les dijo, sin que el temblor de sus manos cesara en algún fragmento de segundo.
Entonces, le entregó un texto de unas cinco o seis páginas a cada uno de los alumnos, quienes rápidamente se hallaron inmersos en las fantasiosas líneas del típico relato arábigo.
…Y Schehrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia que sigue…
Pasados varios minutos, los ojos de un alumno leían…cuando el médico se convenció de que el rey lo iba a matar sin remedio, dijo: “Oh, Rey. Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir a casa para despachar mis asuntos, encargar a mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es realmente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario.” El rey preguntó: “¿Y qué libro es ese?, a lo que el médico contestó: “contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda; y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le hagas”… Pasado ya un buen rato desde que encomendó la tarea a sus alumnos, Felipe se hallaba inquieto y ansioso, más que de costumbre, y quizás incomodado en demasía por el tenso silencio intelectualoide que reinaba en la biblioteca, podía apreciarse como sus manos temblaban, a pesar de no haber articulado palabra alguna.
Otro alumno transportado a la milenaria Arabia leía… “¡Oh Rey! Coge este libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado, colócala en una bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restreñar la sangre. Después abrirás el libro.” Pero el rey, lleno de impaciencia no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De este modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Pero apenas habían pasado algunos instantes, circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones y exclamo: “¡el veneno circula!”. Había decidido su propia muerte…Seis pares de ojos extenuados por el viaje literario al país de las mil y una noches se levantaron y se miraron, luego a Felipe.
-Veo que los venenos de los que habla la historia hacen su efecto bastante más rápido -dijo ante la atónita mirada de unos alumnos que no comprendían un ápice de lo que sucedía. Dicho esto, el primero comenzó con los efectos del veneno y como por arte de magia, sus compañeros siguieron su ejemplo. Primero tiritaban, pero luego las convulsiones se hicieron más violentas y sus ojos parecían prontos a salir despedidos de su cavidad. Felipe reía tranquilamente al ver cómo sus seis alumnos resonaban, ya no como alumnos, sino como inerte materia en movimiento.
Con seis cadáveres dispersados alrededor de la mesa, sintiéndose más poderoso que seis médicos juntos, y con una buena historia que escribir, Felipe recolectó cuidadoso los textos, con el fin de poder usarlos con el taller del año próximo y cuidando de no desperdiciar el veneno en sus dedos ya acostumbrados al tóxico. Y sus manos siempre tiritando en pálido temblor.